
El poema gira en torno a un acto íntimo y transformador: la decisión consciente de mirarse al espejo. Pero no se trata de una contemplación superficial o vanidosa, sino de un ejercicio profundo de autoconocimiento, aceptación y preparación para el encuentro con el mundo y con los otros. La voz poética se sitúa en un momento preciso —una tarde— que adquiere el peso de un umbral. Mirar el propio reflejo "como se mira la imagen del espejo por primera vez" implica despojarse de los hábitos, de la costumbre que embota la percepción. Es volver a la mirada inaugural, a ese asombro inocente con el que el ser humano descubre por primera vez que tiene un rostro, que existe con una forma reconocible en el mundo. Hay en ese primer gesto un narcisismo que la voz no rechaza, sino que reivindica con suavidad: adorar los propios ojos, la propia boca, admirar el propio rostro. No como acto de soberbia, sino como derecho elemental a verse y a valorarse. afirmación del yo que no se disculpa. Sin embargo, el poema no se detiene en la contemplación. El movimiento siguiente es decisivo: darle la espalda al espejo y marcharse. Abandonar el reflejo no supone pérdida, sino integración. La imagen ha sido absorbida, interiorizada. La hablante ahora se sabe de memoria: conoce sus pasos, su sombra, su manera de habitar el espacio. Ese conocimiento propio le da seguridad, una firmeza que no proviene de la aprobación ajena sino del haberse visto con claridad. Desde esa seguridad conquistada es posible abrirse al otro. Los brazos que se abren al final no son una amenaza ni una trampa, sino una invitación que puede ser aceptada porque quien se ofrece sabe quién es. El encuentro con el exterior solo es posible —o al menos solo es verdadero— cuando se ha hecho primero ese recorrido interior. La segunda parte del movimiento reflexivo introduce otra dimensión: mirarse pensando en cómo nos ven los demás. Aquí la voz no huye de la mirada externa, sino que la incorpora como parte del proceso de conocerse. Verse con los ojos del otro no para someterse a su juicio, sino para luego "tragarse la imagen", hacerla propia, digerirla. acto de apropiación soberana de la propia imagen social. La comparación final —"como cuando sentimos que ya somos grandes por primera vez"— ancla todo el poema en una experiencia universal de maduración. Ese instante en que la infancia cede paso a una conciencia adulta de uno mismo, en que el yo deja de ser algo que simplemente se tiene y se convierte en algo que se asume con responsabilidad y plenitud. En conjunto, el poema articula un itinerario que va del asombro a la integración, del reflejo a la identidad, de la contemplación a la acción. La mirada al espejo no es un fin en sí mismo sino un punto de partida: el lugar desde el cual salir al encuentro de la vida con los pies firmes y la propia imagen ya habitada por dentro.
By Ana I. Rivera Lassén · First published 2017 · Genre: Literary Fiction, Psychological Fiction, Contemporary Fiction · 154 words
Esta tarde he decidido mirarme como se mira la imagen del espejo por primera Agarrarme al asombro primero a que parte del inocente narcisimo de contemplar nuestro rostro frente a nosotros.
Adorar nuestros ojos nuestra boca y admirarnos el rostro.
Luego darle la espalda al cristal y marcharme. Entonces segura de poder encontrar otros pasos sabiéndome los míos de memoria y mi sombra al revés para ofrecerme con firmeza a esos brazos que se abren.
He decidido mirarme al espejo pensando cómo me ven los demás para luego tragarme la imagen como cuando sentimos que ya somos grandes por primera vez.
Esta tarde he decidido mirarme is listed on Textopian as a poem by Ana I. Rivera Lassén, dated 2017 CE.
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