Los motivos de Lobo by Hector Aguilar Camin

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Aunque nací en la década de los cuarentas y apenas había cumplido veintidós años en 1968, el conjunto musical legendario de mi adolescencia no fueron los ubicuos Beatles, sino los ya olvidados Lobo y Melón. Es posible que, dentro de veinte años, Los Beatles le resulten al cambiante mundo tan desconocidos como Lobo y Melón son hoy para la humanidad bailante de su patria. Pero hubo una época de la ciudad de México en que ese desconocimiento hubiera sonado a estupidez o herejía. En aquel tiempo, las casas de la ciudad abrían sus puertas generosas a la celebración de cumpleaños y graduaciones, con tal fruición y frecuencia que era posible ir a fiestas todo el fin de semana, de viernes a domingo y de la tarde a la madrugada, sin haber sido invitado, mediante el simple recurso de ponerse traje y corbata, echarse a la calle y escurrirse con discreción en la primera fiesta que se cruzara, preguntando: "¿Ya llegó Roberto? ".

Naturalmente, Roberto no existía, salvo para facilitar la impresión de que nos había citado por él en ese sitio y, por tanto, teníamos una especie de derecho natural a deslizamos hasta la cocina, pedir una cuba libre, inspeccionar las viandas y pasar luego al recinto propiamente dancístico para medir la intensidad y el atractivo de la fiesta, que podía consistir sólo en la mirada de alguna muchacha de buena familia, decidida, como uno, a dejar de serlo en cuanto lo permitieran las circunstancias. Si el alcohol era escaso, si las viandas eran pobres, si las muchachas eran tan decentes como uno, entonces uno podía seguir a la siguiente casa enfiestada, que solía estar en la misma manzana, para preguntar nuevamente por Roberto y reiniciar la inspección. Y así, hasta dar con la fiesta idónea a los caprichos de la caravana.

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