Explore "Sobre héroes y tumbas" by Ernesto Sábato on Textopian. Read with annotations and highlights.
Sus pasos lo llevaban mecánicamente al bar, pero su mente seguía con Alejandra. Y con un suspiro de alivio, como al llegar a un puerto conocido después de un viaje ansioso y lleno de peligros, oyó que Tito decía este paí ya no tiene arreglo, golpeando sobre la Crítica, acaso probando algo que acababan de discutir, mientras Poroto decía es que lo rodea propio una maffia y Chichín, repasando un vaso detrás del mostrador, con su gorra como si se dispusiera a salir, decía hace mal en no darle una patada a todo eso tipo, mientras Tito (furioso, desalentado, con invencible escepticismo de argentino), arreglándose la corbata raída y señalándose luego el pecho con su índice, confirmaba te lo dice Humberto J. D'Arcángelo. Momento en que el nuevo (¿Peruzzi, Peretti?
), con su relamido saquito a la italiana, impecable y perfumado, en castellano de recién llegado dijo que él estaba de acuerdo con el señor D'Arcángelo y que llamaba la atención el estado ruinoso, por ejemplo, de los tranvías, y que era inconcebible a esta altura del siglo veinte que en una ciudad como Buenos Aires hubiera todavía esa clase de armatostes. Momento en que Humberto J. D'Arcángelo, que lo miraba con contenida indignación, dijo con estudiada e irónica cortesía (ajustándose la corbata): Seré curioso, diga: allá, en su patria, ¿no hay má tranvía? , pregunta a la que el jovenzuelo Peruzzi o Peretti respondió que se habían ido retirando del centro de las ciudades y que, por lo demás, eran tranvías rapidísimos, modernos, limpios, aerodinámicos, como en general todo el sistema de transporte. ¿Sabían ellos que el directísimo Génova-Nápoles había batido todos los récords internacionales de velocidad?