Tiempos recios by Mario Vargas Llosa — Read

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«Necesito un trago», pensó. Y, zafándose de los abrazos, los oídos torturados por los ¡vivas! y las maquinitas que coreaban su nombre, susurró a María Vilanova «Tengo que ir al baño», y poco menos que a empujones se escurrió del balcón y regresó al interior del Palacio. Corrió a encerrarse en la oficina que había sido la suya mientras fue ministro de Defensa de Arévalo. Entró, la cerró desde adentro y de prisa fue a abrir el cuartito que tenía siempre con llave detrás de su escritorio. Allí estaba la botella de whisky. Con pulso que apenas le obedecía la abrió y se sirvió un vaso hasta la mitad. Le temblaba el cuerpo, las manos sobre todo. Debió coger el vaso con los diez dedos para que no se le cayera encima y la bebida le mojara el pantalón. «Te has vuelto un alcohólico», pensó, asustado. «Te estás matando, terminarás como tu padre. No puede ser.»

Para Jacobo Árbenz Guzmán el suicidio de su padre, farmacéutico suizo avecindado en Quetzaltenango, la región montañosa del altiplano occidental de Guatemala donde él nació el 14 de septiembre de 1913, fue un misterio insondable. ¿Por qué lo hizo? ¿Andaba mal la farmacia? ¿Tenía deudas? ¿Estaba quebrado? El padre era un inmigrante que se instaló en esas alturas impregnadas con huellas de la herencia maya, donde se casó con una maestra local, doña Octavia Guzmán Caballeros, que siempre le ocultó a su hijo la razón por la que su esposo se quitó la vida (acaso ella tampoco lo sabía); sólo años más tarde, Árbenz descubrió que su padre, un hombre hermético, padecía de una úlcera duodenal y se aplicaba inyecciones de morfina para combatir el dolor.

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