Tiempos recios by Mario Vargas Llosa — Read

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El coronel Carlos Castillo Armas, Cara de Hacha para los íntimos, supo que los mercenarios del Ejército Liberacionista habían comenzado a llegar a Tegucigalpa por los bochinches que armaban en los burdeles, bares, fumaderos y garitos de la ciudad. Los escándalos de esos cubanos, salvadoreños, guatemaltecos, nicas, colombianos y hasta algunos «hispanos» de los Estados Unidos aparecían en la prensa y las radios de la capital hondureña y eran una pésima credencial para la fuerza que pretendía salvar a Guatemala del régimen comunista de Jacobo Árbenz. Cuando Howard Hunt, su contacto en Florida, lo recriminó por estos bochornos, Castillo Armas le pidió ir a Miami a entrevistarse en Opa-Locka con la gente de la CIA que había contratado a esos «soldados» sin revisar a fondo sus antecedentes, pero Hunt, siempre huidizo y misterioso, le dijo que no era conveniente que lo vieran por allá.

El coronel descargó su malhumor echando ajos y cebollas contra todo el que se le pusiera al alcance, en la casa de las afueras de la capital de Honduras donde funcionaba su cuartel general. Siempre había tenido muy mal genio. Desde joven, cuando sus compañeros en la Escuela Militar comenzaron a apodarlo Caca por las iniciales de su nombre, se acostumbró a inventar en secreto barrocos y afiebrados apodos (que solían ser insultos) para las personas que le daban rabietas; a estos mercenarios escandalosos decidió llamarlos «pulguientos». De inmediato dio instrucciones al puñado de militares guatemaltecos que habían desertado del Ejército para apoyarlo de que multaran a los culpables de desórdenes y, si éstos eran graves, les cancelaran los contratos. Pero, como no eran ellos sino la CIA -la Madrastra- quien se encargaba de la paga de los soldados del Ejército Liberacionista, sus órdenes se cumplieron sólo a cuentagotas.

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