Explore "Tiempos recios" by Mario Vargas Llosa on Textopian. Read with annotations and highlights.
Miss Guatemala se retorció deliciosamente bajo las sábanas de hilo de su gran cama colonial y con sólo un ojo observó a través de la gasa blanca del mosquitero el reloj del velador: las siete de la mañana. Por lo general se despertaba a las seis, pero anoche Carlos había irrumpido tardísimo en la alcoba, después de una jornada de intenso trabajo, y la despertó, sobreexcitado, para hacerle el amor. Luego habían retozado un buen rato, acariciándose, mientras ella lo escuchaba quejarse y protestar con palabrotas («Esos hijos de perra pulguienta, fijate vos») de las intrigas y emboscadas que creía descubrir a cada momento entre los que suponía sus más íntimos y leales colaboradores. Ahora, hasta tenía sospechas del teniente coronel Enrique Trinidad Oliva (el Jayán), su director general de Seguridad.
Martita volvió a revolverse en la cama, sumida en una modorra deliciosa. No había vuelto a ponerse el camisón y estaba desnuda; el roce de las sábanas de hilo le dejaba en el cuerpo una sensación fresca y súbitas ráfagas de electricidad. ¿Cómo haría el amor esa blandura con hinchazones que era el agregado militar dominicano? Nunca había visto un ser humano tan poco apuesto como Johnny Abbes García, pero, aun así, o tal vez por eso, el personaje la tenía intrigada; desde que lo había conocido pensaba en él con frecuencia. ¿Por qué? ¿Qué había en ese dominicano que mereciera la curiosidad que despertaba en ella? ¿Su fealdad física? «¿No serás una pervertida? », se preguntó. «Tiene mala fama, por lo que he oído», le había dicho Carlos el día que consiguió que le diera esta audiencia. «Está haciendo negocios medio turbios con Trinidad Oliva. El Jayán me pidió permiso para abrir un casino, con el cuento de incrementar el turismo.