Read "Caín" by José Saramago online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
En un instante, aquel mismo caín que estuvo en sodo-ma y había regresado a los caminos se encontró en el desierto del sinaí, donde, con gran sorpresa, se vio en medio de una gran multitud de personas acampadas en la falda de un monte. No sabía quiénes eran, ni de dónde venían, ni hacia dónde iban. Si le preguntase a alguna persona de las que estaban por allí cerca se denunciaría enseguida como extranjero y eso sólo podría traerle complicaciones y problemas. Estando, como se ve, prudentemente de pie atrás, decidió que esta vez no se llamaría ni caín ni abel, no vaya a ocurrir que el diablo cargue las armas y traiga hasta aquí a alguien que haya oído hablar de la historia de los dos hermanos y comience con las preguntas embarazosas. Lo mejor sería mantener bien abiertos los ojos y los oídos y sacar conclusiones por uno mismo. De una cosa estaba seguro, el nombre de un tal moisés andaba en boca de toda la gente, unos con antigua veneración, con cierta reciente impaciencia la mayoría. Y eran éstos los que preguntaban, Dónde está moisés, hace cuarenta días y cuarenta noches que se fue al monte a hablar con el señor y hasta ahora ni buenas ni nuevas, está claro que el señor nos ha abandonado, no quiere saber nada más de su pueblo. El camino del equívoco nace estrecho, pero siempre encuentra quien esté dispuesto a ensancharlo, digamos que el equívoco, repitiendo el dicho popular, es como el comer y el rascar, la cuestión es empezar. Entre la gente que esperaba el regreso de moisés del monte sinaí se encontraba un hermano suyo que se llamaba aarón, al que, cuando todavía estaban en el tiempo de la esclavitud de los israelitas en egipto, nombraron sumo sacerdote. Hasta él se dirigieron los impacientes, Anda, haznos un dios que nos guíe, porque no sabemos lo que le ha sucedido a moisés, y entonces aarón, que, por lo visto, además de no ser un modelo de firmeza de carácter, era bastante asustadizo, en lugar de negarse rotundamente, dijo, Si así lo queréis, quitad las argollas de oro de las orejas de vuestras mujeres y de vuestros hijos e hijas y traédmelas aquí. Ellos así lo hicieron. Después aarón echó el oro en un molde, lo fundió y de él salió un becerro de oro. Satisfecho, al parecer, con su obra, y sin darse cuenta de la grave incompatibilidad que estaba a punto de crear sobre el objeto de las futuras adoraciones, si el señor puramente dicho, o un becerro haciendo de dios, anunció, Mañana habrá fiesta en honor del señor. Todo esto fue oído por caín, que, reuniendo palabras sueltas, fragmentos de diálogos, esbozos de opiniones, comenzó a formarse una idea no sólo de lo que estaba pasando en aquel momento sino de sus antecedentes. Lo ayudaron mucho las conversaciones escuchadas en una tienda colectiva donde dormían los solteros, los que no tenían familia. Caín dijo que se llamaba noah, no se le ocurrió mejor nombre, y fue bien aceptado, integrándose de manera natural en las reuniones. Ya en aquel tiempo los judíos hablaban mucho, y a veces demasiado. A la mañana siguiente circuló la voz de que moisés estaba, por fin, bajando del monte sinaí y que Josué, su ayudante y comandante militar de los israelitas, había salido a su encuentro. Cuando josué oyó los gritos que el pueblo daba, le dijo a moisés, Hay gritos de guerra en el campamento, y moisés le dijo a josué, Lo que se oye no son los alegres cantos de victoria ni los tristes cantos de derrota, son sólo voces de gente cantando. No sabía él lo que le esperaba. Al entrar en el campamento se dio de bruces con el becerro de oro y la gente danzando alrededor. Entonces le echó mano al becerro, lo partió, lo redujo a polvo y volviéndose a aarón le preguntó, Qué te ha hecho este pueblo para dejarlo cometer un pecado tan grande, y aarón, que, con todos sus defectos, conocía el mundo en que vivía, respondió, Oh, mi señor, no te irrites conmigo, bien sabes que este pueblo está inclinado hacia el mal, la idea fue de ellos, querían otro dios porque ya no creían que tú regresarías, y seguramente me habrían matado si me hubiera negado a cumplir su voluntad. Oyendo esto moisés, se puso a la entrada del campamento y gritó, Quien esté con el señor que se una a mí. Todos los de la tribu de leví se unieron a él y moisés proclamó, He aquí lo que dice el señor, dios de israel, Tome cada uno una espada, regrese al campamento y vaya de puerta en puerta matando al hermano, al amigo o al vecino. Y así fue como murieron cerca de tres mil hombres. La sangre corría entre las tiendas como una inundación que brotase del interior de la propia tierra, como si ella misma estuviera sangrando, los cuerpos degollados, los vientres abiertos rajados por la mitad yacían por todas partes, los gritos de las mujeres y de los niños eran tales que debían de llegar a la cima del monte sinaí, donde el señor se estaría regocijando con su venganza. Caín no podía creer lo que estaba viendo con sus ojos. No bastaban sodo-ma y gomorra arrasadas por el fuego, aquí, en la falda del monte sinaí, quedó patente la prueba irrefutable de la profunda maldad del señor, tres mil hombres muertos sólo porque le irritaba la invención de un supuesto rival en figura de becerro, Yo no hice nada más que matar a un hermano y el señor me castigó, quiero ver quién va a castigar ahora al señor por estas muertes, y luego continuó, Lucifer sabía bien lo que hacía cuando se rebeló contra dios, hay quien dice que lo hizo por envidia y no es cierto, es que él conocía la maligna naturaleza del sujeto. Algo del polvo de oro soplado por el viento manchaba las manos de caín. Se las lavó en un charco como si cumpliese el ritual de sacudirse de los pies la tierra de un lugar donde hubiese sido mal recibido, se montó en el burro y se fue. Había una nube oscura en lo alto del monte sinaí, allí estaba el señor.