Explore "Guerra en el paraíso" by Carlos Montemayor on Textopian. Read with annotations and highlights.
Comenzaba a amanecer. Por las lluvias de los días anteriores la mañana era más fresca. Una quieta neblina ascendía de la tierra, parecía prendida como un sutil algodón sobre los árboles, sobre los cafetales, sobre los montes. El terreno mojado estaba cubierto de lodo en muchos sitios. Resbalaban por las pequeñas veredas abiertas entre la hierba. La ropa de todos estaba húmeda como la frescura del aire, como la fría mañana. Numerosas torcazas y pericos aleteaban con estrépito. Un rumor subterráneo parecía brotar de la tierra y hacer vibrar el aire, los troncos de los árboles. Empezaba a despejarse la neblina, suavemente, y a despuntar la mañana cuando llegaron a la brecha. Algunos atravesaron y sobre el monte opuesto ascendieron entre las altas matas para alcanzar un paredón cubierto de lianas y matorrales. En lo alto comenzaba el verdor de los cafetales. La mañana se abría ya con fuerza. Otros seguían caminando a distancia de la brecha.
Ramón acabó de distribuirlos por señas y silbidos. Fue recorriendo después los sitios y se demoró con Héctor, que no estaba cubierto aún. Todos se tendieron sobre la hierba. Todos sentían la hierba mojada bajo la ropa empapada y sucia. De la frescura de la mañana empezó a crecer, a desprenderse un vapor caliente. Pareció de pronto despertar algo en lo más profundo de la tierra. El calor del sol empezó a atravesar la hierba, los árboles, el ruido de los loros, el ladrido de varios perros en el ejido cercano, el zumbido de los moscos que rondaban las matas donde estaban tendidos. Nadie hacía ruido alguno, pero Tecuapa dijo después en voz baja que hubiera preferido haber desayunado algo. Se oyeron dos risas un poco más lejos, del otro lado de la brecha, contestando. Ramón se irguió y pidió silencio. Luego volvió a ocultarse entre las altas matas que pendían de la parte superior del paredón.