Explore "Guerra en el paraíso" by Carlos Montemayor on Textopian. Read with annotations and highlights.
Lucio despertó escuchando el rumor del viento. Un rumor profundo, extenso, que parecía concentrarse en la cañada, en las piedras, en la abundante maleza. Aún no amanecía. Pero un suave estremecimiento de aves comenzaba a sentirse desde la oscuridad de los árboles, como proviniendo de un lejanísimo eco de la tierra que poco a poco trataba de unir las cosas, de convocar a la luz, a la inmensa oscuridad que parecía darse cuenta del alba. Lucio miró hacia la cabaña. Luego trató de mirar el cielo, la azulada extensión oscura que trataba lentamente de iluminarse. Un gorjeo dulcísimo y breve alcanzó a escuchar del lado del arroyo; era el gorjeo de un pequeño pájaro de esa zona, el papichocho. Pensó en levantarse, pero permaneció recostado un momento más. Recordó de pronto la ciudad de Tixtla, cuando estuvo ahí, hacía muchos años. Recordó el anillo de Serafín, el esposo de su madre, que cambió para llegar a Tixtla y estudiar la primaria. Vendía paletas heladas por las calles calurosas, durante el día. Después, en la noche, llegaba al pequeño hotel a trabajar de velador. Pensó en el señor Taide Valle, el dueño. Sintió que era algo extraño ya, que Tixtla era algo que el viento no tocaba, que no alcanzaba a envolver en su rumor, en su limpieza, como una oleada de paz, como si ascendiera una oleada de tranquilidad. Quizás El Cayaco sí. Quizás el viento sonaba también en El Cayaco, igualando la oscuridad de El Otatal con la oscuridad de aquellas palmeras. Era otra vez la prisa del río, la fuerza de la prisa que en el mundo se siente llamando, buscando a alguien como una frontera ajena, una sombra detrás de la luz, que espera el paso del río, o del viento mismo, o de las miradas que no pueden verla, que en el desconcierto que provoca desconocen el universo que frena, o que en ella se detiene, como buscando convertirse en su sombra misma, en la huella misma que será.
Cerró los ojos. Pensó en Atoyac, en El Porvenir, en El Paraíso. Pensó en Isabel, en su boca tersa, caliente. Ahora, su hija con Isabel tendría un mes y medio. La prisa volvió. Había vuelto a dormir, sin darse cuenta. Abrió los ojos. Lentamente pugnaba la luz por aclarar el aire. La prisa estaba de nuevo, invadiéndolo, oprimiéndole como el hambre, como si sujetara la respiración a un ritmo más difícil. Se volvió a mirar hacia el bejucal. Muchos pájaros gorjeaban ya entre los árboles, entre las parotillas, entre los cacahuananches. Oía el aleteo de los cuervos y los tordos, quizás el vuelo de algún otro pájaro. Miró su reloj; bajo el aire aún oscuro, como al fondo de cenizas, distinguió las manecillas. Pasaban ya de las cinco de la mañana. Volvió a sentir deseos de incorporarse y una tensión mezclada con la prisa, con la ansiedad, con un tenue dolor.