Explore "Sobre el fascismo" by Antonio Gramsci on Textopian. Read with annotations and highlights.
En los 365 días del año 1920, 2 500 italianos (hombres, mujeres, niños y viejos) han encontrado la muerte en las calles y en las plazas, bajo las balas de las fuerzas de seguridad pública y del fascismo. En los 200 días transcurridos de este salvaje 1921, cerca de 1 500 italianos han sido asesinados por las balas, los puñales, los garrotes de los fascistas; cerca de 40 000 ciudadanos Ubres de la democrática Italia han sido golpeados, mutilados, heridos; cerca de 20 000 otros libérrimos ciudadanos de la muy democrática Italia han sido exiliados con decretos regulares, o forzados a huir mediante amenazas de sus centros de trabajo, y vagan por el territorio nacional sin defensa, sin empleo, sin familia; cerca de 300 administraciones comunales elegidas con el sufragio universal han sido obligadas a dimitir; una veintena de periódicos socialistas, comunistas, republicanos, populares, han sido destruidos; centenares y centenares de cámaras del trabajo, de casas del pueblo, de cooperativas, de secciones comunistas y socialistas han sido saqueadas e incendiadas: 15 millones de italianos de Emilia, del Polesino, de la Romana, de la Toscana, de la Umbría, del Véneto, de Lombardía, han estado permanentemente bajo el dominio de bandas armadas, que han incendiado, han saqueado, han golpeado impunemente, han violado los domicilios, han insultado a las mujeres y a los viejos, han reducido al hambre y a la desesperación a centenares de familias, han pisoteado todos los sentimientos populares, desde la religión hasta la familia, han hecho enloquecer de terror y morir a niños y viejos. Todo esto ha sido permitido por las autoridades oficiales, ha sido o callado o exaltado por los periódicos; una locura colectiva parece haber invadido a la clase dirigente, al Parlamento, a los gobiernos Toda esta gente pensaba que la vida nacional podría normalizarse según el ritmo fascista; que ninguna reacción, ni psicológica, ni física, podría fermentar en una población a tal grado atormentada, envilecida, destrozada.
Hoy la situación cambia. No se trata ya de individuos o de grupos que se rebelan, que tratan de defenderse y de vengar a sus muertos; son poblaciones enteras las que se levantan, sin distinción de partidos políticos populares; el cura hace sonar las campanas a rebato, mientras la mujer prepara el aceite hirviendo y los hombres se arman con todo aquello que pueda golpear; forman escuadras de defensa, y de golpe, sintiendo hervir todo el odio acumulado, todas las humillaciones sufridas, se vuelven furiosos y dan caza al fascista como a un invasor extranjero que se ha puesto al margen de la humanidad con sus crímenes y su ferocidad. Y el Estado finalmente se mueve; hoy que la población se rebela, el Estado se mueve; hoy que la furia popular quiere hacerse justicia por los dolores sufridos, el Estado se mueve. Con prudencia, con cautela, porque no se trata ya de golpear a la pobre gente, se trata de golpear a los hijos de los burgueses, gente que se lanza al saqueo gritando "viva Italia, viva el rey", adornada con la tricolor; gente escogida, en suma, distinguida, ligada con vínculos de parentesco a los diputados, a la jerarquía militar, a la magistratura.