Sobre el fascismo by Antonio Gramsci — Read

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Toda la historia italiana desde 1900 (o sea desde el asesinato de Umberto I y el abandono de los inútiles intentos doctrinarios por crear un Estado constitucional con un rígido cuerpo de leyes escritas), y seguramente también! toda la historia contemporánea de nuestro país desde el momento de la unidad nacional, sería un enigma si se prescindiese de adoptar como punto central de la visión histórica el incesante esfuerzo de determinadas capas gobernantes para incorporar a la clase dirigente a las personalidades más eminentes de las organizaciones obreras. La democracia italiana, como se creó desde 1870, carece de una sólida estructura de clase por no haberse realizado el predominio de ninguna de las dos clases propietarias: los capitalistas y los agrarios. La lucha entre estas dos clases representó en la historia de los otros países el terreno para la organización del Estado moderno, liberal y parlamentario. En Italia esta lucha ha faltado casi enteramente o, mejor dicho, se ha verificado en una forma equívoca, como un sometimiento, de naturaleza burocrática y plutocrática, de las regiones centrales y meridionales del país, habitadas por las clases agrarias, a las regiones septentrionales, donde se desarrolló el capital industrial y financiero.

La necesidad de mantener un régimen democrático, que al mismo tiempo era dominio de minorías burguesas y se manifestaba como predominio de una restringida parte de la nación sobre la mayor parte del territorio, impulsó constantemente a los representantes del industrialismo y de la plutocracia septentrional a tratar de ampliar sus propios cuadros de clase dominante incorporando en ellos a las masas obreras y anulando la lucha de clases en su zona. Hasta 1900 los capitalistas septentrionales buscaron una alianza con los latifundistas meridionales para sofocar al mismo tiempo la lucha de clase del proletariado industrial y las explosiones de violencia ole las clases pobres del campesinado meridional. Pero resultó claro que esta alianza a la larga trastornaría la situación, dando el poder del Estado a los latifundistas y haciendo perder al septentrión las posiciones de privilegio conquistadas con la unidad nacional. El intento de Umberto y de Sonnino de dar al Estado una rígida estructura constitucional, quitando al Parlamento las prerrogativas de hecho que había logrado conquistar, fue el punto de resolución de estas luchas. Definitivamente, con el asesinato de Umberto, el capitalismo ganó ventaja, y trató de sustituir la alianza de las clases propietarias a nivel nacional con un sistema de alianzas con el proletariado urbano, sobre cuya base pudiera desarrollarse, como en los demás países capitalistas, una verdadera democracia parlamentaria. Giolitti es el representante típico de esta tendencia, y toda la historia del movimiento socialista desde 1900 hasta hoy no es más que el resultado de las sucesivas combinaciones inventadas por el giolittismo para procurarse el apoyo de la clase obrera. En ningún país, como en Italia, ha sido tan favorecida por los gobiernos la aparición y el establecimiento de las organizaciones sindicales y cooperativas. A través de la consolidación de estos intereses constituidos era presumible que nacería del seno de la clase obrera toda una estratificación pequeñoburgués a de funcionarios, que escucharía fácilmente las palabras de seducción de los estadistas burgueses. Este plan veinteñal de la parte más inteligente de la burguesía italiana ha llegado hoy a su completa maduración. En su extrema vejez, Giolitti ve llegado el momento de recoger los frutos de su larguísimo y pacientísimo trabajo. Y se llega a esta conclusión precisamente en los días que corresponden al aniversario del Congreso de Livorno.

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