Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?

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En el gangsta rap y en Ellroy, el realismo capitalista adquiere la forma de una sobreidentificación con el capital en su aspecto predatorio más despiadado, pero no siempre tiene por qué tomar esta forma. De hecho, el realismo capitalista puede estar muy cerca de un cierto anticapitalismo. Y como ha dicho de modo provocativo Žižek, el anticapitalismo está ampliamente difundido al interior del mismo capitalismo. Cada tanto tiempo vemos que el villano del último film de Hollywood vuelve a ser la «corporación maligna». Más que socavar el realismo capitalista, este anticapitalismo gestual lo refuerza. Pensemos en Wall-E de Disney-Pixar (2008). El film muestra una tierra tan arruinada que los seres humanos ya no pueden habitarla. No quedan dudas de que el capitalismo de consumo y las corporaciones, en particular la megacorporación Buy n Large, son los únicos responsables de la depredación. Los seres humanos finalmente aparecen en escena como criaturas infantiles y obesas que interactúan entre sí a través de interfaces gráficas, se mueven en sillas motorizadas y toman de a sorbos todo el tiempo una especie de sopa de origen incierto. Lo que nos encontramos en este film es una visión del control y la comunicación idéntica a la de Jean Baudrillard, en la que el yugo no toma la forma de la subordinación a un espectáculo extrínseco, sino a uno que nos invita a interactuar y participar. Parece que el objeto de la sátira es el público del cine, lo que llevó a algunos críticos de derecha a reaccionar y condenar a Disney-Pixar por atacar a su propia audiencia. Esta clase de ironía, más que desafiar, alimenta el realismo capitalista. Un film como Wall-E es ejemplar de lo que Robert Pfaller ha llamado «interpasividad»: la película exhibe nuestro anticapitalismo frente a nosotros mismos y nos permite seguir consumiendo con impunidad. La tarea de la ideología capitalista no es convencernos de algo (esa sería la tarea de algún tipo de propaganda), sino ocultar el hecho de que las operaciones del capital no dependen de algún tipo de creencia subjetivamente compartida. El estalinismo o el fascismo no pueden concebirse sin la propaganda, pero el capitalismo sí, y perfectamente: incluso, la propaganda suele sentarle mal y quizás el realismo capitalista funcione mejor cuando nadie lo defiende. El consejo de Žižek en este punto es invaluable. «Si en el concepto clásico de ideología la ilusión se sitúa en el conocimiento»:

entonces la sociedad actual ha de parecer como posideológica: la ideología que prevalece es la del cinismo; la gente ya no cree en la verdad ideológica; no toma las proposiciones ideológicas en serio. El nivel fundamental de la ideología, sin embargo, no es el de una ilusión que enmascare el estado real de las cosas, sino el de una fantasía (inconsciente) que estructura nuestra propia realidad social. Y en este nivel, estamos, claro está, lejos de ser una sociedad posideológica. La distancia cínica es solo un camino [. ] para cegarnos al poder estructurante de la fantasía ideológica: aun cuando no tomemos las cosas en serio, aun cuando mantengamos una distancia irónica, aun así lo hacemos.[3]

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