He visto embrutecimientos increíbles en la…

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Querida Julia: ¿Quién te ha dicho que yo puedo escribir más? Lamentablemente, no es verdad. Sólo puedo escribir dos veces al mes, y únicamente por Pascua y por Navidad dispongo de otra carta extraordinaria. ¿Recuerdas lo que te dijo Bianco en el 23, cuando me fui? Desde la perspectiva de su experiencia de entonces, Bianco tenía razón: siempre tuve una aversión invencible a la epistolografía. Desde que estoy en la cárcel he escrito al menos el doble de cartas que en el período anterior: debo de haber escrito por lo menos doscientas. ¡Qué horror! Tampoco es exacto lo de que no esté tranquilo. Estoy más que tranquilo: estoy apático y pasivo. Y no me sorprendo de ello ni hago siquiera el más mínimo esfuerzo por salir del marasmo. Por lo demás, hasta puede que eso sea una fuerza y no una atrofia senil. Ha habido largos períodos en los que me sentía muy aislado, como alejado de cualquier vida que no fuera la mía propia; entonces sufría de forma terrible: un retraso en la correspondencia, o la falta de respuestas concordantes con lo que yo había preguntado, me llevaban a estados de irritación que me producían un gran cansancio. Luego, con el paso del tiempo, las perspectivas del período anterior se han ido alejando cada vez más; poco a poco ha ido desapareciendo todo lo que de accidental y transitorio había en la zona de sentimientos y de la voluntad, hasta quedar sólo los motivos esenciales y permanentes de la vida. ¿No te parece natural que eso ocurriera? Durante algún tiempo es inevitable que el pasado y las imágenes del pasado se hagan dominantes, pero al final ese estar mirando constantemente hacia el pasado acaba por hacerse incómodo e inútil. Creo haber superado la crisis que durante los primeros años de cárcel se produce en todos, y que con frecuencia da lugar a una ruptura clara con el pasado, en sentido radical. A decir verdad, una crisis así, que yo he visto y experimentado más en los otros que en mí mismo, me hizo sonreír, lo que en cierto modo era ya una superación de la misma. Nunca habría creído que tanta gente tuviera un miedo tan grande a la muerte. Ese miedo es precisamente la causa de todos los fenómenos psicológicos relacionados con la carcelitis. En Italia dicen que uno se hace viejo cuando empieza a pensar en la muerte. Me parece ésta una observación muy sensata. En la cárcel, una inflexión psicológica tal se produce tan pronto como el preso se da cuenta de que ha quedado cogido en el cepo y no puede escapar de ahí. Entonces tiene lugar un cambio rápido y radical, tanto más fuerte cuanto menos en serio se había tomado el interesado hasta aquel momento los ideales y convicciones de la propia vida. He visto embrutecimientos increíbles por ese motivo. Y eso me ha sido útil, de la misma manera que a los muchachos espartanos les era útil ver la depravación de los ilotas. De todas formas, ahora estoy absolutamente tranquilo y no me produce ansiedad ni siquiera la prolongada ausencia de noticias, aunque sepa que esto se podría haber evitado con un poco de buena voluntad. también de tu parte. Además, Tania se ocupa de darme todas las noticias que ella recibe. Por ejemplo, me ha comunicado los rasgos que, según tu padre, caracterizan a los niños, cosa que me ha interesado mucho y durante muchos días. También me ha transmitido otras noticias, comentadas, además, con mucha gracia. Y para que veas que no quiero hacerte reproches: en estos días he vuelto a leer tus cartas de hace un año, lo que me ha hecho sentir de nuevo tu ternura. Al comparar la forma tan natural en que tú me escribes con lo que yo te escribo, tengo a veces la impresión de ser demasiado seco y áspero, ¿sabes? Me veo a mí mismo como en aquellas ocasiones en que te hice llorar, sobre todo la primera vez. ¿Te acuerdas de lo malvado que fui? Y, además, a posta. Querría saber qué te ha dicho Tania de su viaje a Turi, porque me parece que Tania se imagina mi vida de un modo demasiado idílico y arcádico, tanto que me atormenta no poco. No quiere enterarse de que yo tengo que mantenerme dentro de ciertos límites y que, por lo tanto, no debe mandarme nada que yo no haya pedido, porque no tengo a mi disposición un almacén particular. Ahora mismo me anuncia el envío de algunas cosas absolutamente inútiles y que no podré utilizar nunca, en vez de atenerse estrictamente a mis encargos.

Te envío dos fotografías; en la grande salen los dos hijos de mi hermana Teresina: Franco y María, y en la otra se ve a mi madre llevando en brazos a la misma niña ya un poco más mayorcita. Mi padre mantiene que la niña se parece a Giuliano; yo no estoy en disposición de opinar. Lo seguro es que el chico no se parece a nadie de mi familia; es el vivo retrato del padre, que es un sardo auténtico, mientras que nosotros sólo somos sardos a medias. En cambio, la niña sí que tiene más el aire de la familia. ¿Qué opinas? Durante estos días he terminado de leer una historia de Rusia del profesor Platonof, de la ex Universidad de Petrogrado, un grueso tomo de cerca de mil páginas. Me parece un verdadero fraude editorial. ¿Quién era este tal profesor Platonof? Al parecer la historiografía del pasado fue muy poca cosa, al menos si de verdad el profesor Platonof fue uno de sus representantes, como, según veo, ha escrito el profesor Lo Gatto en sus trabajos acerca de la cultura rusa. Sobre el origen de las ciudades y del comercio ruso en la época de los normandos he leído una veintena de páginas del historiador belga Pirenne que valen por toda la sopa tibia del Platonof. El volumen sólo llega hasta 1905, con dos páginas suplementarias que abarcan hasta la abdicación del gran duque Miguel, y una nota a pie de página en la que consta la fecha de la muerte de Nicolás II, pese a lo cual lleva por título Desde los orígenes hasta 1918. Un doble fraude, como ves. Querida Julia, cuéntame los comentarios de Delio a la carta que le escribo. Te abrazo con ternura.

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