Espontaneidad y dirección consciente

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Se pueden dar varias definiciones de la expresión «espontaneidad», porque el fenómeno al que se refiere es multilateral. Hay que observar, por de pronto, que la espontaneidad «pura» no se da en la historia: coincidirá con la mecanicidad «pura». En el movimiento «más espontáneo» los elementos de «dirección consciente» son simplemente incontrolables, no han dejado documentos identificares. Puede por eso decirse que el elemento de la espontaneidad es característico de la «historia de las clases subalternas», y hasta de los elementos más marginales y periféricos de esas clases, los cuales no han llegado a la consciencia de la clase «para sí» y por ello no sospechan siquiera que su historia pueda tener importancia alguna, ni que tenga ningún valor dejar de ella restos documentales.

Existe, pues, una «multiplicidad» de elementos de «dirección consciente» en esos movimientos, pero ninguno de ellos es predominante ni sobrepasa el nivel de la «ciencia popular» de un determinado estrato social, del «sentido común», o sea, de la concepción del mundo tradicional de aquel determinado estrato. Éste es precisamente el elemento que De Man contrapone empíricamente al marxismo, sin darse cuenta (aparentemente) de que está cayendo en la misma posición de los que, tras describir el folklore, la hechicería, etc., y tras demostrar que estos modos de concebir tienen una raíz históricamente robusta y están tenazmente aferrados a la psicología de determinados estratos populares, creyeran haber «superado» con eso la ciencia moderna y tomaran por «ciencia moderna» los burdos artículos de las revistas de difusión popular de la ciencia y las publicaciones por entregas. Éste es un verdadero caso de teratología intelectual, del cual hay más ejemplos: los «hechiceristas» relacionados con Maeterlinck, que sostienen que hay que recoger el hilo de la alquimia y de la hechicería, roto por la violencia, para poner a la ciencia en un camino más fecundo de descubrimientos, etc. Pero De Man tiene un mérito incidental: muestra la necesidad de estudiar y elaborar los elementos de la psicología popular, históricamente y no sociológicamente, activamente (o sea, para transformarlos, educándolos, en una mentalidad moderna) y no descriptivamente como hace él; pero esta necesidad estaba por lo menos implícita (y tal vez incluso explícitamente declarada) en la doctrina de Ilici[31], cosa que De Man ignora completamente. El hecho de que existan corrientes y grupos que sostienen la espontaneidad como método demuestra indirectamente que en todo movimiento «espontáneo» hay un elemento primitivo de dirección consciente, de disciplina. A este respecto hay que practicar una distinción entre los elementos puramente «ideológicos» y los elementos de acción práctica, entre los estudiosos que sostienen como «método» inmanente y objetivo del devenir histórico y los politicastros que la sostienen como método «político». En los primeros se trata de una concepción equivocada; en los segundos se trata de una contradicción inmediata y mezquina que trasluce un origen práctico evidente, a saber, la voluntad práctica de sustituir una determinada dirección por otra. También en los estudiosos tiene el error un origen práctico, pero no inmediato como en el caso de los políticos. El apoliticismo de los sindicalistas franceses de anteguerra contenía ambos elementos: era un error teórico y una contradicción (contenía el elemento «soreliano» y el elemento de concurrencia entre la tendencia anarquista-sindicalista y la corriente socialista). Era, además, consecuencia de los terribles hechos de París de 1871: la continuación, con métodos nuevos y con una teoría brillante, de los treinta años de pasividad (1870-1900) de los obreros franceses. La lucha puramente «económica» no podía disgustar a la clase dominante, sino al contrario. Lo mismo puede decirse del movimiento catalán, que no «disgustaba» a la clase dominante española más que por el hecho de que reforzaba objetivamente el separatismo republicano catalán, produciendo un bloque industrial republicano propiamente dicho contra los terratenientes, la pequeña burguesía y el ejército monárquico.

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