Maestros y alumnos by Claudio Magris — Read

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Isaac Deutscher, revolucionario y biógrafo de Trotski y de Stalin, cuenta una historia que había leído, de pequeño, en un Midrash, uno de esos comentarios rabínicos que explican los textos sagrados recurriendo también a las parábolas, que muestran la verdad descendiendo a la vida. En aquel Midrash se hablaba de Rabbi Meir, un abanderado de la ortodoxia judía que era alumno de un hereje de nombre Elisha ben Abiyuh, llamado Akher. Un sábado, ambos discutían encarnizadamente sobre cuestiones religiosas, Akher a la grupa de un burro y Rabbi Meir a pie, en obediencia a la prohibición de cabalgar durante los días sagrados; enfrascados en la discusión, llegaron sin darse cuenta al límite del camino que, durante los sábados, le está vedado franquear a todo judío piadoso. Rabbi Meir, distraído, estaba a punto de atravesarlo, cuando su maestro el hereje, que hasta ese momento había refutado sus opiniones ortodoxas, le detuvo diciéndole que se volviera atrás, porque ése era su límite y no debía ir más allá para seguirle.

Esta historia es uno de los más intensos apólogos que podemos hallar sobre la relación entre maestro y alumno y, en primer lugar, sobre la figura del maestro. Como cualquier palabra, también ésta está llena de significados encontrados y se presta a múltiples interpretaciones. Para empezar, maestro y alumno profesan, sobre los problemas esenciales, una fe distinta. El primero no le transmite al segundo una verdad teológica o filosófica, sino que le ofrece el ejemplo vivo de cómo se busca; le enseña la claridad del pensamiento, la pasión por la verdad y el respeto a los demás, que es inseparable de ésta. El maestro es tal porque, aun afirmando sus propias convicciones, no quiere imponérselas a su discípulo; no busca adeptos, no quiere formar copias de sí mismo, sino inteligencias independientes, capaces de ir por su camino. Es más, es un maestro sólo en cuanto que sabe entender cuál es el camino adecuado para su alumno y sabe ayudarle a encontrarlo y a recorrerlo, a no traicionar la esencia de su persona. Lejos de escarnecer la ortodoxia codificada, según la retórica de la transgresión tan cara a los espíritus banales, que creen afirmar su propia originalidad tirando desperdicios por la ventanilla sólo porque lo prohíbe un rótulo, el gran hereje exhorta a su discípulo a observar el sábado que él, sin embargo, no reconoce.

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