El estilo del padre, el estilo del hijo

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El 30 de marzo de 1880 Theodor Fontane asiste al estreno berlinés de La familia Selicke, uno de los primeros dramas naturalistas. Esta obra oscura y agresiva, redundante de desolación existencial y protesta social, no estaba hecha ciertamente para su gusto; él era un señor de setenta años, que dentro de muy poco escribiría sus obras maestras en las que iba a representar, con desilusionada imparcialidad, el fluir contradictorio de la vida, el declive de su Prusia, que amaba pero juzgaba con desencanto, los nudos cotidianos en los que la pasión del corazón se entrelaza con las convenciones sociales, el irrefutable crepúsculo de la vieja Europa y las primeras grietas de la nueva Alemania.

Fontane empezó a los sesenta años a escribir unas novelas en las que plasmaba los irresolubles conflictos de la existencia captándolos en los detalles concretos de cada día, en los gestos leves e irreparables con los que, sin darse cuenta, tejen los hombres la trama de su suerte, y en la concatenación casual e imperiosa de las circunstancias, que asumen poco a poco el rostro del destino. El narrador, al que no le disgustaba parecerse a un alto funcionario prusiano, con sus patillas y sus bigotes blancos, y que unía un profundo sentido moral del deber a una irónica conciencia de la vanidad de todo, tenía la ecuanimidad épica que hace justicia a todas las partes en liza y a todas las voces discordantes de la realidad -prestando oídos a quien lucha por conservar y a quien se bate por renovar- y que encuentra su propio estilo y formula su propio juicio haciendo hablar a las cosas. Su representación serena, que desenmascara con un rigor ético de corte prusiano incluso las injusticias y la decadencia de la vieja Prusia, pone al descubierto la crisis de una sociedad con mucha mayor incisividad que un explícito y unilateral acto de acusación.

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