¿Quién escribe las no escritas leyes de los…

Explore "¿Quién escribe las no escritas leyes de los dioses?" by Claudio Magris on Textopian. Read with annotations and highlights.

Hay en la literatura mundial, escribió Paul Valéry, figuras y personajes de tal magnitud que escapan de algún modo al control de su creador, hasta el extremo de «poder convertirse, por mediación de él, en instrumentos del espíritu universal»; éstos, proseguía el poeta francés, «van más allá de lo que fueron en la obra de su autor [. ] consagrados para siempre a la expresión de algunos extremos de lo humano y lo inhumano [. ] y, por consiguiente, desvinculados de cualquier aventura particular». Valéry escribió estas palabras para justificar la audacia de haberse atrevido a retomar el personaje de Fausto, pero pensaba también en otras grandes figuras -Ulises, Antígona, Medea, Edipo, Electra, don Juan- susceptibles de nuevas encarnaciones cada vez y por lo tanto inmortales a través de las perennes metamorfosis capaces de representar en cada ocasión simbólicamente, en clave distinta, el sentido y el destino de la humanidad y de expresar, no en la vaga abstracción de la alegoría sino en la concreción histórica de unos avatares individuales, anhelos y significados universales. Personajes semejantes producen la ilusión de tener una existencia por sí mismos, como independiente de su creador, de modo que Miguel de Unamuno podía fingir encolerizarse con Cervantes, acusándole de no haber entendido la grandeza de don Quijote.

Paradojas aparte, no es casual -ni mucho menos un misterio inefable e irracional- que estas figuras no se hayan convertido sólo en creaciones individuales, sino que hayan fascinado a generaciones y generaciones en los tiempos y los países más diversos, interpretando las más profundas razones históricas y existenciales de la civilización, y que continúen presentándose en cada época enriquecidas por la atmósfera de los siglos, por los acentos de las muchas voces, grandes y pequeñas, que renovaron y transformaron su carácter. Esta poliédrica riqueza parece darles un margen de inacabamiento, de espacio dejado a la fantasía del lector para la invención, la continuación ideal o la identificación personal.

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