Explore "Delito de conferencia" by Claudio Magris on Textopian. Read with annotations and highlights.
«¡Se ha perpetrado una conferencia! », anunciaba en 1893 Giuseppe Garzolini, con el tono dramático de quien, en una novela negra, descubre un delito, invitando a buscar al culpable y el móvil. Literato menor e inevitablemente olvidado, Garzolini -por lo menos a juzgar por sus escritos más lábiles y peregrinos, consagrados con puntillosa precisión a curiosidades humanas y lingüísticas- tenía que ser una de esas personas que alegran la vida gracias a la desenfadada ironía con la que cogen las cosas por los pelos soltándolas antes de que su peso se haga insostenible, mirándolas lo suficiente para entender su truco, pero volviéndose para otro lado antes de que muestren su rostro de Medusa.
Hoy sería desde luego mucho más difícil localizar al autor de ese delito; si se tuviera que perseguir a todo aquel que hubiera pronunciado una conferencia habría que incriminar a muchedumbres enteras, de modo que no queda más remedio que despenalizar el delito de conferencia, conforme a la tendencia -cada vez más extendida y apoyada en especial por quien está molesto no por la corrupción difusa que supone la concesión de comisiones, sino por quien trata de combatirla- según la cual un delito deja de considerarse tal en el momento en que se convierte en algo suficientemente frecuente.