El Danubio by Claudio Magris — Read

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Sobre el Bogenberg tiene lugar cada año, en Pentecostés, una procesión; de Holzkirchen a Bogen, durante setenta y cinco kilómetros, los campesinos llevan a pie, pasándoselos de hombro a hombro, dos cirios de trece metros de altura. Los peregrinos atraviesan el bosque bávaro, que un poco más lejos se confunde con la Selva de Bohemia: el bosque de Stifter, calmas seculares, generaciones vividas y pasadas como las estaciones, antigua piedad religiosa. Cuando talaban un árbol, los leñadores bávaros se quitaban durante un instante la gorra y rogaban a Dios que les concediera el último reposo. Existe una religiosidad de la madera; su florecer y su envejecer hacen que se sienta al árbol como a un hermano. Ninguna criatura viva puede ser excluida de la redención o ser aniquilada por la eternidad; al igual que los personajes de Singer, deberíamos recitar el Kaddisch, la plegaria fúnebre, por la mariposa que muere y la hoja que cae.

Los bosques bávaros tenían sus profetas, los Waldpropheten, como el «Mühlhiasl» que trabajaba cerca del convento de Windberg, alrededor de 1800, y profetizaba apocalipsis y renacimientos de un mundo nuevo. En 1934, en cambio, se refugió durante una semana en el convento de Windberg Adolf Eichmann, en una especie de retiro espiritual. En el álbum de invitados, refiere Trost, se puede ver todavía, escrito de su puño y letra, su agradecimiento por la estancia y la hospitalidad, la expresión de una intensa experiencia y de un emocionado vínculo. «Treue um Treue», fidelidad por fidelidad, escribe Eichmann en el libro del convento el 7 de mayo de 1934. El tecnócrata de la masacre ama la meditación, el recogimiento interior, la paz de los bosques, tal vez también la plegaria.

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