Explore "El Danubio" by Claudio Magris on Textopian. Read with annotations and highlights.
Las ventanas dan sobre el Danubio, se asoman sobre el gran río y sobre las colinas que lo dominan, un paisaje marcado por los bosques y por las cúpulas en forma de cebolla de las iglesias; en invierno, con el cielo frío y las manchas de nieve, las amables curvas de las colinas y del río parecen perder cuerpo y peso, se convierten en leves líneas de un diseño, una elegante melancolía heráldica. Linz, la capital de la Austria Superior, era la ciudad que Hitler prefería y quería convertir en la más monumental metrópoli danubiana. Speer, el arquitecto del Tercer Reich, ha descrito esos proyectos de edificios gigantescos y faraónicos, jamás realizados, en los que Hitler, como ha escrito Canetti, revelaba su febril necesidad de superar las dimensiones alcanzadas precedentemente por otros artífices, su obsesión agonística por batir todos los récords.
Ahora Linz, la tranquila ciudad que en tantos versitos rima con «Provinz», provincia, es la capital industrial de Austria, posee una discreta tasa de enfermedades nerviosas entre los jóvenes y, según una encuesta de hace pocos años, unos habitantes especialmente suspicaces con respecto a la justicia de su país. La devoción religiosa de su gente, que sorprendía a los viajeros ingleses del siglo XVIII, no parece haberse apagado: en la plaza principal, delante de la columna de la Trinidad -una de esas columnas que se levantan en las plazas de toda la Mitteleuropa, en recuerdo de las pestes domadas y a mayor gloria de la majestad de lo creado-, un grupito de personas, en el crepúsculo glacial y nevado, reza en voz alta. Un combativo periódico diocesano invita a la solidaridad con los obreros despedidos en las fábricas estirianas, polemiza con los industriales, incita a boicotear al gobierno sudafricano por su política racista y a bombardear con llamadas telefónicas su embajada para pedir la liberación de Smangaliso Mkhatshwa, un sacerdote negro detenido.