Explore "El Danubio" by Claudio Magris on Textopian. Read with annotations and highlights.
El atardecer es frío y silencioso, algunos niños que arrastran trineos no rompen la soledad y el desierto de las calles, su grave melancolía continental. Sobre el Friedrichstor de Linz campean las famosas siglas sibilinas que el emperador Federico III, muerto probablemente a poca distancia de allí, en el número 10 de la Ciudad Vieja adornada con mudos palacios y severos símbolos, hacía imprimir en sus objetos y en sus edificios: A. E. I. O. U., tal vez Austriae est imperare orbi universo o bien Austria erit in orbe ultima. Este imperio que se extendía hasta los confines del mundo y del tiempo ya se le antojaba al propio Federico asediado por la decadencia y doblegado por las derrotas, hasta el punto de que en su diario se lamentaba de que el estandarte de Austria no resultara victorioso e intentaba frenar las dificultades con esa estrategia de la elusión y de la inmovilidad que, con los siglos, se convertiría en la grandiosa estática de los Habsburgo exaltada por Grillparzer y por Werfel, la repugnancia por la acción, el pathos defensivo de quien tiende no a vencer sino a sobrevivir y no ama las guerras porque sabe, como sabía Francisco José, que las guerras se pierden.
Fallecido en 1493, Federico III, observa Adam Wandruszka, presenta ya los típicos rasgos canonizados más adelante por el mito habsbúrguico: la simbiosis de ineptitud y sabiduría, la incapacidad de actuar que se convierte en sagaz prudencia y en previsora estrategia, la vacilación y la contradicción elevadas a línea de conducta permanente, el deseo de paz mezclado con la fuerza de aceptar conflictos interminables e irresolubles.