El Danubio by Claudio Magris — Read

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Es posible que la promesa de estas aguas inocentes sea falaz y no exista tal universalidad humana; una visita a un Lager hace que resulte ridícula la confianza en el gran árbol de la humanidad, imaginado por Herder como un conjunto armonioso. Es probable que esa imagen, y la sensación de plenitud que produce, sea únicamente una exigencia nuestra, superpuesta al caos insensato de los acontecimientos. El viaje «danubial» (como decía en el siglo XVIII Griselini) de un viajero escrupuloso tendría, por otra parte, que terminar muy pronto. Mañana por la noche esperamos, aquí en el Breg, a los demás, pero, impacientes por verificar la hipótesis de este final prematuro, efectuamos una rápida excursión a Immendingen, donde el Danubio, como ya se ha dicho, se precipita a través de las hendiduras en las rocas para reaparecer mezclado con las aguas del Aach y fluir con ellas hasta el lago de Constanza. Un amable caballero, que pasea a lo largo de la orilla, nos dice que en verano, en ese punto, el cauce del río está completamente seco. Pero en Ulm, pocos kilómetros más allá, el río -llamado Danubio- existe también en verano, ancho y navegable; así pues, en verano el Danubio nace mucho más allá, en Tuttlingen, por encima del punto en que nos hallamos esta noche, nace de los afluentes y de los ríos que descienden de las colinas y que no saben nada de Donaueschingen ni de Furtwangen.

También el Danubio, al igual que cada uno de nosotros, es un Noteentiendo, como la figura dibujada en una de las dieciséis viñetas de la tabla «Las Castas», una especie de juego de la oca del amor y de las estirpes que recuerdo haber visto colgado en una pared del Museo de la Ciudad de México. Cada una de las dieciséis viñetas de la tabla contiene tres figuras: el hombre y la mujer cuyas sangres diferentes exigen imperiosamente unirse, y un apacible niño nacido de su encuentro, que en la viñeta siguiente, ya adulto, es el protagonista del nuevo connubio, del que nace otro hijo destinado a continuar la cadena del mestizaje: el Mestizo, hijo del Español y de la India, el Castizo, su hijo, el Mulato al que una Española regala un adornado Morisco y así sucesivamente hasta el Chino, el Lobo, el Jíbaro hijo del Lobo y de la China, el Albarazado hijo de la Mulata y del Jíbaro y padre de un Cambujo, padre a su vez de un Zambaigo. La tabla aspiraría a clasificar y diferenciar rigurosamente -incluso mediante la vestimenta- las castas, sociales y raciales, pero acaba por exaltar involuntariamente el juego caprichoso y rebelde del eros, el gran destructor de cualquier jerarquía social cerrada, el disgregador y mezclador de cualquier ordenada baraja, que alterna los oros con las copas o con las espadas para hacer posible y placentero el juego.

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