Explore "El Danubio" by Claudio Magris on Textopian. Read with annotations and highlights.
La tradición popular, recogida entre otros también por Johann Alexander Döderlein, rector del instituto de Weissenburg, en su docta obrita de larguísimo y digresivo título, atribuye la constitución de estos muros, de este trazado de piedra ahora en ruinas, al diablo. Para el campesino del Medievo, que no podía mirar más allá del campo que araba, la misma idea del Limes, del Parapeto que debía marcar los límites del imperio romano hasta el mar Negro, era algo impensable y sobrehumano, que trascendía con la idea la tangible inmediatez cotidiana y debía parecerle una obra de fuerzas misteriosas. No fue el diablo, sino los emperadores romanos -de Augusto a Vespasiano, de Adriano a Marco Aurelio y a Cómodo- los que diseñaron la línea de piedra de esa frontera. A un lado de esa línea quedaba el imperio, la idea y el dominio universal de Roma; al otro los bárbaros, que el imperio comenzaba a temer y que ya no se proponía conquistar y asimilar, sino contener.
Al igual que a los campesinos de la Raetia secunda y de la Germania superior cuando estas provincias ya habían sido abandonadas por Roma, también a los contemporáneos les cuesta trabajo entender la grandeza de estas piedras y las ven como una obra del diablo, tal vez del diablo imperialista. Lo cierto es que Roma era también y sobre todo dominio, y la universalidad en la que se amparaba era una máscara del dominio y como tal destinada a perecer, pese a sus pretensiones de eternidad; a cada poder que se arroga la representación de lo universal y de la civilización le llega el momento de pagar su tributo y de ceder las armas a quien, hasta poco antes, era considerado un tosco inferior. Los despreciados bárbaros se convirtieron en los creadores de la nueva Europa; más adelante a los eslavos, considerados durante siglos un oscuro pueblo de la gleba y sin historia, les llegó su hora; los chinos que llevaban a los blancos en rickshaw son actualmente una potencia mundial.