Explore "El Danubio" by Claudio Magris on Textopian. Read with annotations and highlights.
En esta sala del Ayuntamiento se reunía la Dieta permanente del Sacro Imperio Romano, en esta silla vacía se sentaba el emperador, cada vez más neutralizado por los príncipes y las corporaciones o negligente él mismo con el Reich, muchas veces más administrador suyo que dominus. Alrededor están las salas reservadas a los príncipes electores, a los demás príncipes y al colegio de las ciudades imperiales. Cuando Regensburg se convirtió en la sede de la Dieta permanente, en 1663, el imperio estaba ya fosilizado y vaciado; en esta sala que debía reinar sobre el mundo falta el mundo, y el vacío hace pensar en la «nada definida únicamente por sus propios límites» a la que se refiere Achim von Arnim, el poeta romántico ochocentista fascinado por el pasado alemán, en su comedia El agujero. La débil conjunción, el und de la fórmula «Kaiser und Reich», también parece una nada, una disyunción, una mera nulidad que no hace más que separar. El imperio es una elipse, escribía Werner Näf, cuyos focos son los príncipes y las corporaciones; el centro -el emperador- resulta una pura abstracción. Irregolare aliquod corpus et monstro simile, decía, a propósito del imperio, un jurista del siglo XVII.
Esta ausencia de centro, esta carencia de fuerza de cohesión y de unidad política, no evoca la mirada transparente e inexorablemente clara de Federico II de Suabia, que veía las cosas tal como son en su superficie desnuda desprovista de cualquier tipo de significado recóndito, sino la mirada oblicua de los Habsburgo de España, que se dirigía hacia el lado oculto y torcido de las cosas, a la oscuridad, la mirada que la tradición atribuye a don Juan de Austria, el vencedor de Lepanto, el hijo ilegítimo de Carlos V y de una hermosa burguesa de Regensburg, Barbara Blomberg, nacido en esta ciudad, en una casa de la Tändlergasse. Barbara Blomberg tenía dieciocho años, el emperador, viudo desde hacía siete, cuarenta y seis, era un hombre marcado por un precoz y melancólico cansancio, por un sentido de la inutilidad que le llevaba a su declive, según el verso de Platen, como al viejo imperio, si bien ese declive de la herencia medieval implicaba la afirmación de una potencia mundial moderna bajo su corona.