Explore "Los partió y se los dio a los discípulos" by Jorge Mario Bergoglio on Textopian. Read with annotations and highlights.
La liturgia hoy nos habla de bendición. Jesús, tomando los cinco panes y los dos peces, (que le había ofrecido aquel niño quizá vendedor ambulante) alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Esta bendición, esta palabra buena tuvo un efecto multiplicador: el pan bendito alcanzó para todos. Tiempo después, en la primera Eucaristía, la misma bendición del Señor sobre el pan y el vino tendría un efecto transformador. Desde aquella noche, el pan y el vino consagrados son el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Pan de vida y Cáliz de bendición que compartimos (Cfr. 1 Cor 10, 16).
El Antiguo Testamento nos cuenta que la bendición de Dios viene de lejos: Melquisedec bendijo a Abraham, compartiendo el pan y el vino. La escena de Melquisedec bendiciendo a Abraham es muy linda; nos recuerda que en Abraham serían "bendecidas todas las naciones. Todos los que viven de la fe son bendecidos con Abraham el creyente" (Gal 3, 8-9). Esta bendición la compartimos con todos los creyentes, con todas las personas de fe y con toda la gente de buena voluntad, que cree en Dios (a quien no vemos) y cree en el prójimo (a quien sí vemos) y lo demuestra con actitudes de oración, de apertura al misterio de lo trascendente y con obras de respeto, de justicia, de paz, de solidaridad y de diálogo. La bendición en Abraham nos une a la inmensa mayoría de la humanidad y nos divide de los pocos que, en vez de bendecir, maldicen con palabras y con gestos de violencia, de exclusión, de injusticia y de mentira.