Colores primarios by John Klein — Read

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Era un hombre grande, alarmantemente pálido para las calles de Harlem en pleno verano. Yo soy pequeño y no muy oscuro, así que a los caucásicos no les parezco demasiado amenazador. Tampoco mi actitud es particularmente reivindicativa.

Nos dimos la mano. Me resulta frustrante no ser capaz de recordar ese momento concreto de modo más preciso: el apretón de manos es el umbral de la política. A estas alturas ya le he visto darlo un millón de veces, pero lo que no sabría explicar es cómo lo hace exactamente. Me refiero al papel que desempeña la mano derecha: la presión, la calidad, la duración; todo lo esencial a la hora de estrujar la carne de otro. Lo que sí puedo hacer es contar muchas cosas sobre lo que hace con la otra mano. Es un genio usándola. A veces te la pone en el codo, o a la altura del bíceps. Se trata de movimientos básicos, reflejos. Así demuestra que está interesado en ti, que se siente honrado de conocerte. Si sube más arriba, hasta la altura del hombro, si -pongamos por caso- te echa el brazo izquierdo por encima, el momento resulta en cierto modo menos íntimo, más informal. En ese instante comparte contigo unas risas, algún secreto -un secreto sin importancia, nada serio-, halagándote con la ficción de que formas parte de la conjura. Si no te conoce demasiado bien y acabas de decirle algo «importante», algo sincero o emotivo, echa el resto y te abruma con un apretón a dos manos, atenazándote la muñeca y el antebrazo con la izquierda. Luego deja destellar esa vaga sonrisa suya, tan popular. Y lo hace con total convicción.

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