Colores primarios by John Klein — Read

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Volamos a California en un Gulfstream y no tuvimos ocasión de hablar. El avión había sido puesto a nuestra disposición por un conocido homosexual perteneciente al mundo de la industria musical varias semanas atrás, cuando nuestras perspectivas parecían mejores. (El «alquiler» era de broma y las implicaciones políticas preocupantes.) No obstante, era un aparato precioso, todo madera de castaño, cuero y cristal. No traqueteaba por la pista, como solía hacerlo nuestra bañera habitual, sino que parecía deslizarse sobre ella, y después despegaba sin esfuerzo alguno. Miré por la ventanilla; las puntas de las alas se doblaban en ángulo hacia arriba, como las de un avión de papel. ¿Habría alguna razón aerodinámica o sería simplemente un capricho propio del juguete de un hombre rico? Tanta opulencia resultaba irritante, inapropiada, especialmente aquel día. Nos estábamos hundiendo en New Hampshire y nos enfrentábamos a la posibilidad de una denuncia por paternidad en Mammoth Falls.

Íbamos seis en el avión, tres parejas: el gobernador y Susan, Lucille y yo, Tío Charlie y Mamá. Stanton había pensado que a Mami le gustaría ver Los Ángeles. Dispondría de un día para visitar Las Vegas y se reuniría con nosotros en New Hampshire para la gran final. Los otros jugaban a las cartas mientras Susan leía y yo me dejaba llevar por el abatimiento. El gobernador permanecía en pie y se mostraba muy hablador. Jugaba sus cartas y advertía a los demás sobre las que llevaban, corriendo grandes e injustificados riesgos y cantando. Entonó Red River Valley. Acto seguido, cantó Blue Eyes Crying in the Rain. Tenía un aura de gran determinación, de ferocidad. La campaña ya no tenía nada que ver con ganar o perder, sino con la supervivencia personal, con la posibilidad de sufrir una humillación. No podía ni imaginarse semejante resultado. No podía dar por bueno que su carrera a nivel nacional hubiese acabado antes de empezar, y la fuerza que le daba esa convicción era febril.

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