El San Vicente Ferrer de talla by Juan Valera

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En la capilla de la hermosa quinta que posee el marqués de Montefico en / las cercanías de Valencia, hay una devota y diminuta imagen de San / Vicente Ferrer, esculpida en madera y bien pintada luego. Se debe esta / obra al ilustre escultor D. Manuel Alvarez, a quien sus contemporáneos / llamaron _el griego_, por su habilidad para imitar los grandes modelos / que del arte de Fidias nos dejó la antigüedad clásica. Elegante ornato / del Prado es aún la fuente del Apolo y de las cuatro estaciones, trabajo / del escultor susodicho; pero mayor talento e inspiración mostró en el / San Vicente de que voy hablando y que pocos conocen. El Santo está / representado muy joven aún. Su cabeza es hermosísima y tiene noble / expresión de triunfante alegría, como si acabase de alcanzar una gran / victoria. En el rostro de esta efigie, alta toda ella de poco más de / veinte centímetros, se diría que Alvarez ha procurado reproducir el / júbilo orgulloso del Apolo de Belvedere, después de haber dado muerte / con sus flechas a la serpiente monstruosa, si bien la humildad cristiana / refrena el orgullo y calma el júbilo del Santo con la consideración de / que él no ha vencido por su mérito propio, sino por la gracia y el favor / del cielo. Asimismo se nota en el rostro del Santo cierto vergonzoso / rubor, por donde se barrunta que la victoria que ha ganado ha sido en / combate espiritual contra el tercer enemigo del alma, según lo refiere / el Padre Rivadeneira, hablando de aquella hembra insolentísima, que / quiso tentar y rendir al Santo y dio ocasión para que se le llamase _el / que no se quemó en medio del fuego_ y para que se le comparase a los / tres mancebos del horno de Babilonia, de quienes habla Daniel profeta.

La efigie, en suma, sobre poseer muy notable valer artístico, es digna / de consideración por causas nada comunes. En el pecho, en el sitio bajo / el cual debe de estar el corazón, lleva clavado un puñalito de fuerte / acero y agudísima punta. Todo él, menos la empuñadura de oro, ha / penetrado en la madera, impulsado por mano sacrílega. Y cuenta la gente / piadosa que, todavía a principios de este siglo, se realizaba en la / mencionada efigie un singular milagro. Todos los años, el 8 de / Septiembre, día de la Natividad de la Virgen Nuestra Señora, una gotita / de color rojo, a modo de sangre, manaba de la herida. No ha de / extrañarse que el prodigio no se realice hoy, porque no merecen verle / los que de fe carecen.

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