Explore "La perla rosa" by Emilia Pardo Bazan on Textopian. Read with annotations and highlights.
Sólo el hombre que de día se encierra y vela muchas horas de la noche para ganar con qué satisfacer los caprichos de una mujer querida (díjome en quebrantada voz mi infeliz amigo) comprenderá el placer de juntar á escondidas una regular suma, y así que la redondea, salir á invertirla en el más quimérico, en el más extravagante é inútil de los antojos de esa mujer. Lo que ella contempló á distancia como irrealizable sueño, lo que apenas hirió su imaginación con la punzada de un deseo loco, es lo que mi iniciativa, mi laboriosidad y mi cariño van á darla dentro de un instante. y ya creo ver la admiración en sus ojos, y ya me parece que siento sus brazos ceñidos á mi cuello, para estrecharme con delirio de gratitud.
Mi único temor, al echarme á la calle con la cartera bien lastrada y el alma inundada de júbilo, era que el joyero hubiese despachado ya las dos encantadoras perlas color de rosa que tanto entusiasmaron á Lucila la tarde que se detuvo, colgada de mi brazo, á golosinear con los ojos el escaparate. Es tan difícil reunir dos perlas de ese raro y peregrino matiz, de ese hermoso oriente, de esa perfecta forma globulosa, de esa igualdad absoluta, que juzgué imposible que alguna señora antojadiza como mi mujer, y más rica, no las encerrase ya en su guardajoyas. Y me dolería tanto que así hubiese sucedido, que hasta me latió el corazón cuando vi sobre el limpio cristal, entre un collar magnífico y una cascada de brazaletes de oro, el fino estuche de terciopelo blanco donde lucían misteriosamente las dos perlas rosa orladas de brillantes.