A secreto agravio by Emilia Pardo Bazan — Read

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Aquella tienda de ultramarinos de la calle Mayor regocijaba los ojos y era orgullo de los moradores de la ciudad, quienes, después de mostrar á los forasteros sus dos o tres monumentos románicos y sus Docks, no dejaban de añadir: «Fíjese usted en el establecimiento de Riopardo, que compite con los mejores del extranjero.»

Y competía. Los amplios vidrios; los escaparates de blanco mármol; las relucientes balanzas; los grifos de dorado latón; el artesonado techo; las banquetas forradas de rico terciopelo verde de Utrecht; las brillantes latas de conservas formando pirámides; las piñas y plátanos maduros en trofeo; las baterías de botellas de licor, de formas raras y charoladas etiquetas, todo alumbrado por racimos de bombillas eléctricas, hacían del establecimiento un suntuoso palacio de la golosina. Así como en Madrid salen las señoras á revolver trapos, en la apacible capital de provincia salían «á ver qué tiene Riopardo de nuevo.» Riopardo sustituía al teatro y á otros goces de la civilización; y los turrones y los quesos y los higos de Esmirna eran el pecadillo dulce de las pacíficas amas de casa y sus sedentarios maridos, por lo cual no faltaban censores mal humorados y flatulentos que acusasen á Riopardo de haber corrompido las costumbres y trocado la patriarcal sencillez de las comidas en fausto babilónico.

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