Explore "El señor" by Leopoldo Alas on Textopian. Read with annotations and highlights.
Juan de Dios no dió nombre a lo que sentía, ni aun al llegar a verlo en forma de remordimiento. Al principio aturdido, subyugado con el egoísmo invencible del placer, no hizo más que gozar de su estado. Nada pedía, nada deseaba; sólo veía que ya había para qué vivir, sin morir en Asia.
Pero a la segunda vez que por casualidad su mirada volvió a encontrarse con la de Rosario, apoyada con tristeza en el antepecho de su balcón, Juan tuvo miedo a la intensidad de sus emociones, de aquella sensación dulcísima, y aplicó groseramente nombres vulgares a su sentimiento. En cuanto la palabra interior pronunció tales nombres, la conciencia se puso a dar terribles gritos, y también dictó sentencia con palabras terminantes, tan groseras e inexactas como los nombres aquéllos. "Amor sacrílego, tentación de la carne. " "¡De la carne! " Y Juan estaba seguro de no haber deseado jamás ni un beso de aquella criatura: nada de aquella _carne_, que más le enamoraba cuanto más se desvanecía. "¡Sofisma, sofisma! ", gritaba el moralista oficial, el teólogo. y Juan se horrorizaba a sí mismo. No había más remedio. Había que confesarlo. ¡Esto era peor!