Plexus: La crucifixión rosada 2 by Henry Miller

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Sólo disfrutamos de unos meses de felicidad en el nido de amor japonés. Una vez a la semana iba a visitar a Maude y a la niña, llevaba la pensión, e iba a dar un paseo por el parque. Mona tenía su trabajo en el teatro y con lo que ganaba asistía a su madre y a dos hermanos, que gozaban de buena salud. Aproximadamente una vez cada diez días comía en la tienda de ultramarinos francoitaliana, generalmente solo, porque Mona tenía que llegar temprano al teatro. De vez en cuando visitaba a Ulric para echar tranquilamente una partida de ajedrez con él. La sesión solía acabar con una conversación sobre pintores y su forma de pintar. A veces me limitaba a dar un paseo al anochecer, generalmente por los barrios extranjeros. Muchas veces me quedaba en casa y leía o ponía discos. Mona solía llegar a casa hacia medianoche; tomábamos un bocadillo, hablábamos por unas horas, y después a la cama. Me iba resultando cada vez más difícil levantarme por la mañana. Despedirme de Mona era siempre desgarrador. Al final, ocurrió que estuve sin ir a la oficina tres días seguidos. Fue una interrupción suficiente como para que me resultara imposible regresar. Tres días y tres noches gloriosos, en que hice exactamente lo que me apeteció, comí bien, dormí todo el tiempo que quise, gocé de cada minuto del día, me sentí inmensamente rico por dentro, perdí cualquier deseo de combatir con el mundo, sentí una necesidad irreprimible de iniciar mi vida privada, confiado con respecto al futuro, con la sensación de haber acabado con el pasado: ¿cómo iba a poder volver a la antigua rutina? Además, tuve la impresión de haber estado cometiendo una gran injusticia con Clancy, mi jefe. Por poca lealtad o integridad que hubiera en mí, tenía el deber de decirle que estaba harto. Sabía que no dejaba de defenderme poniendo excusas por mí ante su jefe, el recto y santo del señor Twilliger. Tarde o temprano, Spivak, siempre al acecho tras mí, iba a reunir pruebas concluyentes en mi contra. Últimamente había andado mucho tiempo por Brooklyn, en pleno sector mío. No, se había acabado lo que se daba. Había llegado el momento de hablar con franqueza.

El cuarto día me levanté temprano, como si me preparara para ir al trabajo. Esperé casi hasta que estuve a punto de irme para comunicar mi idea a Mona. La encantó tanto, que me rogó dimitiera al instante y volviese a comer. También a mí me parecía que cuanto más rápido mejor. Indudablemente, Spivak encontraría en seguida a otro jefe de personal.

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