Plexus: La crucifixión rosada 2 by Henry Miller

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«Siento en mí una fuerza tan luminosa», dice Louis Lambert, «que podría iluminar un mundo, y, sin embargo, estoy encerrado en una especie de mineral». Esta afirmación, que Balzac pone en boca de su doble, expresa, la angustia secreta de que entonces era yo víctima. A un mismo tiempo, llevaba dos vidas totalmente divergentes. Una podría calificarse de «torbellino alegre»; la otra, de vida contemplativa. En el papel de ser activo todo el mundo me tomaba por lo que era, o lo que parecía ser; en el otro papel nadie me reconocía, yo menos que nadie. Fueran cuales fuesen la celeridad y confusión con que se sucedieran los acontecimientos, había intervalos en que me perdía en la contemplación. Al parecer, sólo necesitaba unos momentos de cerrarme al mundo para reponerme. Pero necesitaba períodos mucho más largos -de estar sólo conmigo mismo- para escribir. Como he señalado con frecuencia, la actividad de la escritura no cesaba nunca. Pero de ese proceso interior al proceso de traducción siempre media -y mediaba entonces claramente- un gran paso. Hoy me resulta difícil a menudo recordar cuándo o dónde hice tal o cual afirmación, recordar si la hice efectivamente en algún lugar o si tenía intención de hacerla en tal o cual momento. Existe una clase ordinaria de olvido y una clase especial; esta última se debe, con la mayor probabilidad, al vicio de vivir en dos mundos a la vez. Una de las consecuencias de esa tendencia es que vives todo innumerables veces. Y, lo que es peor, lo que quiera que consigas transmitir al papel parece una simple fracción infinitesimal de lo que ya has escrito en la cabeza. Esa deliciosa experiencia con la que todo el mundo está familiarizado, y que se da de forma obsesiva e impresionante en los sueños -me refiero a la de caer en un hábito familiar: encontrar a la misma persona una y otra vez, pasear por la misma calle, afrontar la misma, idéntica, situación-, esa experiencia me ocurre con frecuencia en estado de vela. ¡Cuán a menudo me devano los sesos pensando dónde fue donde utilicé determinada idea, determinada situación, determinado personaje! Me pregunto desesperado si aparecía en algún manuscrito destruido irreflexivamente. Y después, cuando me he olvidado por completo de eso, me doy cuenta de repente de que es uno de los perpetuos temas que llevo dentro, que ya he escrito centenares de veces, sin haberlo consignado nunca en el papel. Tomo una nota para escribirlo a la primera oportunidad, para acabar con él, para enterrarlo de una vez por todas partes. Tomo la nota. y la olvido al instante. Es como si hubiera dos melodías sonando simultáneamente: una para la explotación privada y otra para el oído público. Todo el esfuerzo va destinado a comprimir en la grabación pública un poco de la esencia de la perpetua melodía interior.

Ese torbellino interior era el que mis amigos advertían en mi comportamiento. Y su ausencia, en mis escritos, era lo que deploraban. Casi sentía pena de ellos. Pero había una vena en mí, una vena perversa, que me impedía ofrecer el yo esencial. Esa «perversidad» siempre se expresaba así: «Revela tu yo auténtico y ellos te mutilarán». Por «ellos» no me refería a mis amigos, sino al mundo.

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