Explore "Plexus: La crucifixión rosada 2" by Henry Miller on Textopian. Read with annotations and highlights.
Un día soleado, al comienzo de la primavera, nos encontrábamos en la Segunda Avenida. El apaño de los Mezzotints iba de capa caída y no había nada nuevo en el horizonte. Habíamos ido al East Side para dar un sablazo, pero no había dado resultado. Cansados y sedientos de caminar de un lado para otro bajo el ardiente sol, nos preguntábamos cómo conseguir una bebida fresca sin dinero. Al pasar por delante de una confitería con un incitante despacho de refrescos, decidimos, de mutuo impulso, entrar, tomar las bebidas y después fingir que habíamos perdido el dinero.
El propietario, un judío sencillo y amable, nos sirvió personalmente. Sus modales indicaban que evidentemente procedíamos de otro mundo. Tomamos las bebidas con calma y le dimos conversación con el fin de prepararlo para la mala noticia. Parecía halagado de que le hiciéramos tanto caso. Cuando llegó el momento, me hurgué en los bolsillos en busca de cambio y, al no encontrarlo, pedí a Mona en voz alta que mirara en su bolso, mientras le decía que debía de haberme dejado el dinero en casa. Naturalmente, no pudo sacar ni un centavo. Sugerí al hombre, que estaba observando la escena tranquilamente, que, si no le importaba, le pagaríamos la próxima vez que fuéramos por el barrio. Con toda afabilidad dijo que podíamos olvidarlo, si nos parecía. Después nos preguntó educadamente de qué parte de la ciudad procedíamos. Para nuestra sorpresa, descubrimos que conocía profundamente la calle en que vivíamos. En ese momento nos invitó a tomar otra bebida y con ella nos ofreció unos bizcochos deliciosos. Estaba claro que sentía curiosidad por saber algo más sobre nosotros. Como no teníamos nada que perder, decidí confesar de plano.