Explore "Plexus: La crucifixión rosada 2" by Henry Miller on Textopian. Read with annotations and highlights.
Había sido Maxie Schnadig quien me había presentado, unos años antes, a Karen Lundgren. No puedo imaginar qué era lo que había juntado a aquellos dos. No tenían nada en común, lo que se dice nada.
Karen Lundgren era un sueco que se había educado en Oxford, donde había causado cierta sensación a causa de sus proezas atléticas y su rara erudición. Era un gigante de pelo rubio y rizado, que hablaba suavemente y con excesiva educación. Poseía los instintos combinados de la hormiga, la abeja y el castor. Era concienzudo, sistemático, tenaz como un dogo, y lo que quiera que emprendiese lo llevaba a cabo hasta el límite. Jugaba con la misma energía con la que trabajaba. Sin embargo, el trabajo era su pasión. Era capaz de trabajar de pie, sentado o tumbado en la cama. Y, como todas las personas muy trabajadoras, en el fondo era un vago rematado. Siempre que se ponía a hacer algo, primero tenía que idear formas y medios de hacerlo con el menor esfuerzo. No hace falta decir que esos atajos requerían mucho tiempo y esfuerzo. Pero le hacía sentir bien eso de partirse el cuello ideando atajos. Además, su lema era la eficacia. No era sino un artefacto ambulante y hablante para ahorrar esfuerzo.