Plexus: La crucifixión rosada 2 by Henry Miller

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Una vez más estamos viviendo en un barrio elegante y tranquilo, no lejos de Fort Greene Park. La calle es tan ancha como un bulevar; las casas quedan muy retiradas de la acera, son la mayoría de piedra arenisca y están adornadas con altas escalinatas del mismo material. Algunas de ellas son auténticas mansiones flanqueadas por céspedes inmensos y tachonados de arbustos y estatuas. Amplias calzadas conducen a los establos y a las viviendas de los criados en la parte trasera. Toda la atmósfera de este antiguo barrio recuerda las décadas de 1880 y 1890. Lo extraordinario es su estado de conservación. Hasta los postes para atar los caballos están intactos y relucientes, como si los acabaran de limpiar con un trapo untado en aceite. Suntuoso, elegante, somnoliento: nos parece un refugio maravilloso.

Naturalmente, fue Mona quien encontró las dos habitaciones. Y una vez más teníamos una casera agradable, una de esas viudas americanas, jóvenes y de cabeza vacía, que no sabía cómo pasar el tiempo. Habíamos sacado los muebles del almacén y habíamos amueblado las dos habitaciones. La casera estaba encantada de tenernos de inquilinos. Comía a menudo con nosotros. Una persona muy alegre, con voz melodiosa y la indolencia de quien no se encuentra a sí mismo. Las cosas prometían ir bien allí. El alquiler era barato, el gas, el agua y la electricidad funcionaban perfectamente, abundancia de comida buena, cines por la tarde y por la noche, si deseábamos, una partida de cartas de vez en cuando, para complacer a la casera, y sin visitas. Nadie sabía nuestra dirección. De dónde procedían los fondos era algo de lo que no estaba demasiado seguro. Sabía que Mathias, todavía a la vista, y Rothermel, más vivo que nunca, aportaban la mayor parte. Pero debía de haber otros más, pues nos dábamos buena vida. Por supuesto, la casera se mostraba generosa con la comida y la bebida, y con frecuencia nos invitaba al teatro o nos llevaba a un cabaret. Lo que la fascinaba era que evidentemente éramos artistas: «bohemios», como ella decía. Su marido había sido agente de seguros y le había dejado una suma considerable. Pero, según ella, había sido un tipo bastante aburrido, y ahora que había muerto estaba dispuesta a divertirse.

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