Explore "Plexus: La crucifixión rosada 2" by Henry Miller on Textopian. Read with annotations and highlights.
«Y ahora, para terminar, no puedo por menos de nombrar una vez más a aquellos a quienes debo prácticamente todo: Goethe y Nietzsche. Goethe me dio el método, Nietzsche la facultad de poner todo en cuestión. Y si tuviera que reducir a una fórmula mi relación con este último, diría que he convertido su "perspectiva". (Ausblick) en "resumen". (Uberblick). Pero Goethe era, sin saberlo, discípulo de Leibnitz en todo su modo de pensar. Y, en consecuencia, lo que por fin (y para mi asombro) ha tomado forma en mis manos puedo considerarlo y, a pesar de la miseria y hastío de estos años, sentirme orgulloso de llamarlo una filosofía alemana». (Blankenburg am Harz, diciembre de 1922).
Estas líneas del prefacio a La decadencia de Occidente iban a obsesionarme durante muchos años. Resulta que me ha dado por leer este libro durante las encantadoras vigilias que han comenzado. Todas las noches después de cenar vuelvo a la habitación, me pongo cómodo y después me dedico a roer ese inmenso tomo en que se despliega el panorama del destino humano. Soy plenamente consciente de que el estudio de esta gran obra representa otro acontecimiento trascendental en mi vida. Para mí no es una filosofía de la historia ni una creación «morfológica», sino un poema del mundo. Lenta, atentamente, saboreando cada bocado mientras lo mastico, ahondo cada vez más profundamente. Me sumerjo en él. Con frecuencia interrumpo el asedio para ponerme a pasear arriba y abajo, arriba y abajo. A veces me encuentro sentado en la cama, mirando a la pared. Miro derecho a través de la pared: miro en lo profundo de un pasado que está vivo y es insondable. En ocasiones una línea o una frase me produce tal efecto, que me veo obligado asalir del nido, a lanzarme de cabeza a la calle, donde vago como un sonámbulo. De vez en cuando me encuentro en el restaurante de Joe en Borough Hall, pidiendo una comida; a cada bocado parece que me trago otra gran época del pasado. Inconscientemente alimento el horno con el fin de prepararme para otra lucha con el omnívoro. Que yo sea del barrio de Brooklyn, uno de los nativos, parece absurdo. ¿Cómo puede un simple muchacho de Brooklyn absorber todo eso? ¿Dónde está su pasaporte para los distantes reinos de la ciencia, la filosofía, la historia, etcétera? Todo lo que ese muchacho de Brooklyn sabe lo ha adquirido por osmosis. Soy el chaval que detestaba estudiar. Soy el tipo encantador que rechazaba firmemente todos los sistemas de pensamiento. Como un corcho arrojado de un lado para otro en un mar airado sigo a ese monstruo morfológico. Me desconcierta que pueda seguirlo incluso a distancia. ¿Estoy siguiendo o me está tragando un torbellino? ¿Qué es lo que me capacita para leer con comprensión y deleite? ¿De dónde proceden la formación, la disciplina, la percepción que exige ese monstruo? Su pensamiento es música para mis oídos; reconozco todas las melodías ocultas. A pesar de que estoy leyéndolo en inglés, es como si estuviera leyéndolo en la lengua en que lo escribió. Su vehículo es la lengua alemana, que creía haber olvidado. Pero veo que no he olvidado nada, ni siquiera los programas de estudios que en tiempos me proponía seguir, pero no lo hice.