La gloria y el ensueño que forjó una patria,…

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Juan Antonio Mateos te cuenta: "Zaragoza saludaba al pueblo siempre con emoción. Su fisonomía constantemente serena, infundía respeto y veneración. Zaragoza no repetía jamás una misma orden, porque está satisfecho de ser obedecido. Trataba con seriedad, pero con exquisita distinción, a sus subordinados y consideraba a la tropa, acariciaba a los niños que iban con sus madres en pos de los batallones, decía que aquellas tiernas criaturas eran sus hijos; muchas veces los tomaba en sus brazos: esto hacía llorar a los soldados. Era poco comunicativo, y jamás se ostentaba sino en los momentos supremos. Su presencia en el ejército era una esperanza radiante, que infundía valor y decisión al soldado". Tras esta idílica visión hay mucho de verdad si se contrastan decenas de testimonios, quizá bajo la simple lógica de que a un general del pueblo le gusta el pueblo.

En enero del 62 el presidente Juárez toma una decisión arriesgada: acepta que dejes la Secretaría de Guerra y dirijas una parte del Ejército de Oriente, bajo el mando de José López Uraga, y el 6 de febrero lo sustituyes a causa de su blandenguería con los invasores. Juárez te ha mandado a hacerte cargo directo del pequeño ejército que tendría la misión de frenar la intervención armada.

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