Oficio de tinieblas by Rosario Castellanos

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DOÑA Mercedes Solórzano mantenía cerrada su tienda desde algunos meses antes. El verdadero motivo por el que Leonardo Cifuentes se la instaló en uno de los cuartos exteriores de su propia casa, que no fue lucrar sino conseguirse bajo esa mampara transitorias mancebas entre la servidumbre humilde y aun entre las indias, había dejado de tener vigencia. Leonardo no se había corregido de sus devaneos. Pero ahora todo su interés, toda su atención estaban orientados hacia una sola mujer a quien se conocía por el mote de la Alazana.

La situación de la alcahueta se afirmó con este cambio porque había sabido ser indispensable para llevar a buen fin los manejos de Cifuentes. ¿A quién mejor se podía recurrir que a la experiencia de doña Mercedes? Pues se trataba de una intriga, entre personas de pro, y era preciso actuar con disimulo. Había que ocultar los hechos a la suspicacia de Isabel, que no soportaría con la misma paciencia las efímeras aventuras de su marido con quienes eran sus inferiores que la rivalidad con quien era su igual. Y había que tener cuidado para no provocar los recelos del esposo de la Alazana. Tal vez se exageraban las precauciones. La gente que viene de otras partes, los hombres que han rodado tierras -como ese Fernando Ulloa-, suelen no ser tan puntillosos en cuestiones de honor como los señores de Ciudad Real.

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