Bellas damas sin piedad by Rosario Castellanos

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EL PRIMER crimen que se consigna en la tradición judeocristiana de la cual somos herederos es la muerte de Abel a manos de Caín. Los móviles son oscuros o, al menos, no excesivamente convincentes, aunque su esclarecimiento no presenta mayores problemas.

Los sospechosos, como usted recuerda, se reducían a tres: Adán, Eva y el propio Caín. Las ocasiones y los medios señalaban únicamente a este último y, como si esto no fuera suficiente, hubo un testigo presencial: el ojo de la Divina Providencia que, desde el instante de la consumación del homicidio, no cesó de perseguir al homicida.

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