Explore "El río invisible" by Rafael Barrett on Textopian. Read with annotations and highlights.
¿Recordáis, allá cuando éramos niños, muy niños; cuando las personas mayores se agachaban penosamente con el objeto de besarnos, y nos empinábamos nosotros sobre la punta de 105 pies para ver lo que ocurría encima de las mesas, qué grande era el espacio? El comedor, la sala, la alcoba, eran vastos terrenos de juego o de batalla, donde se escalaban las sillas, se exploraban los rincones, y donde uno podía esconderse. Los largos corredores eran de día pista de carreras, de noche túneles inacabables y llenos de peligros. La casa era un mundo. Lo infinito empezaba en la calle. Traspasado el umbral, nos hundíamos en el caos sin fondo y sin término, donde es locura aventurarse solo. Un paseo era una expedición lejana y maravillosa, en que no era sensato confiarse a otros guías que a nuestros padres. A la vuelta, al divisar la silueta familiar de nuestra vivienda, sentíamos algo de lo que habrá sentido Colón en su primer regreso, cuando reconoció en el pálido horizonte las montañas de la patria.
Crecimos, y el espacio disminuyó, como si nuestro cuerpo lo devorase. Aprendimos geodesia y astronomía, y siguió disminuyendo, devorado por nuestra inteligencia. Las distancias siderales son enormes, pero las medimos y nos parecen razonables; lo infinito empieza detrás de las últimas nebulosas, pero no es un infinito vivo y rumoroso, preñado de gestos como la ciudad cuyas olas batían nuestra puerta, sino el pozo negro e inerte de donde el telescopio no saca nada. El Universo, despojado del misterio que lo agrandaba y ahondaba en nuestra tierna fantasía, se ha reducido a una figura geométrica, aislada en mitad del pizarrón celeste.