El último judío by Noah Gordon — Read

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El invierno estaba en camino, por lo que Yonah dirigió a Moisés hacia el calor. Quería ver el mar del sur que quedaba al otro lado de Sierra Nevada, pero, cuando se acercó a Granada, las noches ya eran muy frescas. No quería desafiar las cumbres cubiertas de nieve de la alta sierra en invierno y prefirió entrar en la ciudad para gastarse parte de sus ganancias en algunas comodidades para sí mismo y para el asno.

Se inquietó cuando llegó a las murallas de Granada, pues por encima de la siniestra puerta colgaban las cabezas putrefactas de unos criminales ejecutados, pero estaba claro que aquella exhibición no servía para atemorizar a los forajidos, pues al entrar en una posada donde esperaba encontrar vino y comida, se tropezó con dos corpulentos sujetos que pretendían asaltar a un enano. El hombrecillo medía la mitad que ellos y tenía la cabeza muy grande, el tronco fornido, los brazos muy largos y las piernecitas como palillos. Contempló cautelosamente a los asaltantes mientras éstos se acercaban a él desde direcciones contrarias, armados uno con un garrote y el otro con un cuchillo.

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