Explore "No me condenes" by Ramón López Velarde on Textopian. Read with annotations and highlights.
Yo tuve, en tierra adentro, una novia muy pobre: / ojos inusitados de sulfato de cobre.
Llamábase María; vivía en un suburbio, / y no hubo entre nosotros ni sombra de disturbio.
Acabamos de golpe: su domicilio estaba / contiguo a la Estación de los ferrocarriles, / y, ¿qué noviazgo puede ser duradero entre / campanadas centrífugas y silbatos febriles?
El reloj de su sala desgajaba las ocho; / era diciembre; y yo departía con ella / bajo la limpidez glacial de cada estrella.
El gendarme, remiso a mi intriga inocente, / hubo de ser, al fin, forzoso, confidente.
María se mostraba incrédula y tristona: / yo no tenía traza de una buena persona.
¿Olvidarás acaso, corazón forastero, / el acierto nativo de aquella señorita / que oía y desoía tu pregón embustero?
Su desconfiar ingénito era ratificado / por los perros noctívagos, en cuya algarabía / reforzábase el duro presagio de María.
¡Perdón, María! Novia triste, no me condenes: / cuando oscile el quinqué y se abatan las ocho, / cuando el sillón te mezca, cuando ululen los trenes, / cuando trabes los dedos por detrás de tu nuca, / no me juzgues más pérfido que uno de los silbatos / que turban tu faena y tus recatos.