Las horas by Ramón López Velarde — Read

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El tiempo no puede ser contigo cruel. Pensando en ti, se comprende la benignidad y la gracia con que concibió el tiempo quien lo personificó en un coro de doncellas, blancas y leves, que danzan con ritmo ideal. Así es como las Horas, girando en torno tuyo, deshojaron sobre tu cuna, con sus dedos rosados, las mágicas flores con que las Hadas madrinas regalan a las princesas recién nacidas. Así es como las Horas, siempre benévolas, recogieron tu pelo de oro oscuro sobre la nuca de nieve, en el amanecer de tu adolescencia. Así es como las Horas, en el apogeo de la juventud, te dieron esperanzas e inundaron de luz tus pupilas. Así es como las Horas, hoy que tus treinta años marchan melancólicamente pisando las hojas secas, te otorgan el prestigio de una declinación milagrosa. Porque tú declinas sugestivamente, como un lirio que se doblega al sonar el Ángelus. Como la luna que se baña en el río. Como un lamento de niña que se muere.

No podemos quejarnos del tiempo, amiga otoñal. Él nos ha concedido cuanto ha podido concedernos. Muchas veces las campanadas del reloj familiar (que trabajosamente desenreda su cuerda en la sala de tu casa) han solemnizado momentos de dicha. ¿A qué evocar las glorias difuntas, si aún la sangre nos golpea las sienes y si todavía nuestros corazones no se cansan de soñar? Dejemos en la pacífica lobreguez de las cosas pretéritas el minuto en que la fantasía ardorosa murmuraba a mi oído: «¡Tú la quieres! », y en que pensabas: «¿Yo puedo amarlo? », y en que el reloj se burlaba: tic, tac; tic, tac. No saquemos de su fosa el instante en que mi confesión de amor cayó a tus plantas con mansedumbre, como una flecha que se rompe antes de herir, y en que tú sonreías y en que el reloj, burlándose, alternaba en nuestro diálogo: tic, tac; tic, tac. No exhumemos la fecha en que con palabras entusiastas y ánimo pueril edificábamos la torre de nuestra quimera, mientras el reloj, oyéndonos hablar de un futuro de miel y perfume, insistía en burlarse: tic, tac; tic, tac. No vivamos del pasado si todavía podemos juntar nuestras bocas al borde de la copa de la felicidad. Aún somos capaces de vivir de néctar, como las mariposas que France pone por modelos a la humanidad mercantilista y enferma.

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