La provincia mental by Ramón López Velarde

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Poco ha, me dictó este título Eduardo Colín; por lo tanto, confieso honradamente que no es mío. Hablábamos de la pintoresca ingenuidad de los pensadores de los pueblos, que para exhibir tendencias progresistas o conservadoras, se ponen la ropa usada de un publicismo bajo tierra.

En el lugarejo a que hoy me referiré, los polos mentales no eran el Jefe Político y el Cura. Acabado de salir de las aulas, fui a aquella cabecera a ejercer una salomónica justicia de primera instancia, y desde luego descubrí que los polos mentales eran don Marcos F. Galván, comerciante en ropa, y don Simón Puente, Administrador del Timbre. Uno y otro trataron, desde el mismo día que llegué al pueblo, de ganarme a su partido, porque ganarme a mí equivalía a ganar al Juzgado. Don Marcos era Rousseau vendiendo franelas y muselinas, y don Simón era Sardá y Salvany cobrando impuestos. El señor Puente abrevaba con delicia en El liberalismo es pecado; el señor Galván hallaba su paraíso en los folletos del doctor don Agustín Rivera y en Amores y orgías de los Papas. El Administrador del Timbre estaba suscrito a El Tiempo; el comerciante a La Patria. Pronto perdieron los dos la esperanza de incorporarme a sus filas.

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