Explore "La escuela de Angelita" by Ramón López Velarde on Textopian. Read with annotations and highlights.
Mal se ve en Guanajuato, en Michoacán y en Querétaro, que los niños de calidad vayan a estudiar las primeras letras a una escuela de hombres. Eso se queda para los párvulos plebeyos. Los niños principales concurren a una escuela de mujeres. En tal costumbre hay, quizá, un gentil acierto de la sociedad provinciana. Se gradúa todo un camino que arranca de los brazos maternales y concluye en la áspera cátedra de un áspero maestro de instrucción cívica. No deja de ser brusco arrancar de la familia a un personaje de seis años para soltarlo, de golpe y porrazo, frente a un dómine pedante, frecuentemente de melena y generalmente de folletín. Una maestra y unas condiscípulas equivalen, en cambio, a un suave y lucido factor de educación. ¿Sabemos, acaso, lo que Anatole France, nuestro fetiche, debe a las enseñanzas de Mademoiselle Lefort? Mademoiselle Lefort, sin duda, regó la tierra que había de nutrir los laureles del frágil y formidable poeta de El libro de mi amigo y de El crimen de Silvestre Bonnard. En realidad, las mujeres deberían estar siempre aleccionándonos.
En la escuela de Angelita, nos aleccionaban ella y sus hermanas Petrita y Lola. Angelita representaba la modernización; Petrita, justificando su nombre, ejercía el mando con dureza y nos pellizcaba y nos tiraba de las orejas, para arriba, para arriba, obligándonos a pararnos sobre la punta de los zapatos; Lola gobernaba sin dictadura y sin amabilidad, por lo cual no la envolvía la opinión pública ni en cariño ni en rencores. En la escuela de Angelita, la minoría de los hombres (perdón por lo pretensioso de la palabra) nos codeábamos con las muchachas más bellas de la capital de aquel Estado.