La fealdad conquistadora by Ramón López Velarde

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Cada día la piscina de azulejos de nuestros patios entúrbiase más con la filtración yanqui. El monroísmo, el masonismo, el separatismo y el protestantismo, en su paciencia conquistadora, cuentan, desde las últimas fechas, con un aliado: la fealdad étnica. Si algo étnico hay en los ciudadanos de la risa equina de Mister Wilson, es la fealdad. He conocido [algunos] que constituyen raza en que pugnan medularmente con la gracia y con las gracias.

Tocome, una de estas tardes, la escasa fortuna de ver Pureza, la película traída de Nueva York y que, probablemente, ha desarrollado sus ineptitudes ante los ojos de todos mis lectores. Pienso que el autor del argumento de Pureza adolecía de meningitis al convertir a Eva en mecanógrafa y al devolver a la virtud paradisíaca a las princesas del petróleo y del jamón. Media en tales descomposiciones un Genio del Mal. inferior al suculento diablo del jamón. Y eso que aquel genio es, de toda la farándula, el único yanqui con sospecha de teatro, que podría ser admitido en las cátedras del Conservatorio. Por lo demás, debemos reconocer que los rubios limpiabotas, con pieles de tigre, disipan el tedio, y que el excentricismo de Caín, soltando la quijada del asno para firmar un cheque, nos alivia de la feroz cronología. En cuanto a los alardes de desnudez de la niña Worth, encarnación de la Castidad, no producirán otros males que el anticipado sabor de los chicuelos, el desprestigio de los tobillos de Maciste, y la bronquitis o el catarro de la ventilada sufragista. Cuyos sitios culminantes, entre paréntesis, desagradan bastante. Y al asistir a sus trancos funestes y su aciago trote, medí el abismo que aparta a las densas hermosuras cotizables, de la Venus prístina, revelada en el hexámetro virgiliano en tres vocablos intraducibles, que yo traduciría: «La diosa se manifestó por su marcha».

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