Explore "La Avenida Madero" by Ramón López Velarde on Textopian. Read with annotations and highlights.
Plateros. San Francisco. Madero. Nombres varios para el caudal único, para el pulso único de la ciudad. No hay una de las veinticuatro horas en que la Avenida no conozca mi pisada. Le soy adicto, a sabiendas de su carácter utilitario, porque racionalmente no podemos separarla de las engañosas cortesanas que la fatigan en carretela, abatiendo, con los tobillos cruzados, la virtud de los comerciantes del Bajío, accidentalmente en ésta por exigencias de El Fiel Contraste, La Fantasía o El Ancla de Oro. Loemos la eficacia de estas carretelas que, evocadas por el nostálgico traficante de tabacos, rebozos o piloncillo, son un bálsamo para las contribuciones subidas, los pagarés y los saqueos. No quiero hablar del caso en que los tobillos arrogantes, admirados de buena fe por el Jockey Club, La Esmeralda o Mercaderes, hayan menoscabado la salud de Celaya o de León. El triste señor Aranda o Anaya o Almanza comprendería entonces, al regresar con sus carros de mercancías, la justicia en que abundaba Platón al decir que el primero de los bienes es la felicidad corporal.
Tratándose de entusiasmos cívicos, cuando vine a México a radicarme, yo tenía ya la ropa tendida a secar. Por ello he sido un observador suficiente de las congestiones políticas, menos cuando en la banqueta del Cine Palacio, al consumarse el Cuartelazo, me robaron mi reloj unos energúmenos que vitoreaban a la Ciudadela. Mis sentimientos antimilitaristas alcanzaron la forma del rencor de bolsillo con aquella sustracción, que no he podido reparar, no ya con un reloj de pulsera, de geometría arbitraria, de los que ama Rebolledo, pero ni con un inesperado Ingersoll.