Los amores del cometa by Manuel Gutiérrez Nájera

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De oro, así es la cauda del cometa. Viene de las inmensas profundidades del espacio y ha dejado en las púas de cristal que tienen las estrellas muchas de sus guedejas luminosas. Las coquetas quieren atraparle; pero el cometa pasó impasible, sin volver los ojos, como Ulises por entre las sirenas. Venus le provocaba con su voluptuoso parpadeo de medianoche, como si ya tuviera sueño y quisiera volver a casa acompañada. Pero el cometa vio el talón alado de Mercurio, que sonreía mefistofélicamente, y pasó muy formal a la distancia respetable de veintisiete millones de leguas. Y allí le veis. Yo creo que en uno de sus viajes halló la estrella de nieve, a donde nunca llega la mirada de Dios, y que llaman los místicos infierno. Por eso trae erizos los cabellos. Ha visto muchas tierras, muchos cielos; sus aventuras amorosas hacen que las Siete Cabrillas se desternillen de risa y cuando imprima sus memorias veréis cómo las comprarán los planetas para leerlas a escondidas, cuidando de que no caigan en poder de las estrellas doncellitas. Tiene mucha fortuna con las mujeres: ¡Es de oro!

No me había sido presentado. Yo, comúnmente, no recibo a las cuatro y treinta y dos minutos de la madrugada; y ese gran noctámbulo deja sus sábanas azules muy temprano, para espiar la alcoba de la aurora por el ojo de la llave, luego que la divina rubia salta de su lecho con los brazos desnudos y el cabello suelto. Su pupila de oro espía por la cerradura de oriente. Tal vez en ese instante la aurora baja las tres gradas de ópalo que tiene su lecho nupcial, busca para cubrir sus plantas entumecidas las pantuflas de mirtos que los ángeles forran por dentro con plumas blancas desprendidas de sus alas. Y él la mira; la circunda con el áureo fluido de sus ojos; la palpa con la vista: siente las blandas ondulaciones de su pecho; ve cómo entorna los párpados, descubriendo sus pupilas color de nomeolvides y recibe en el rostro las primeras gotas de rocío que van cayendo de las trenzas rubias, cuando la diosa moja su cabeza en la gran palangana de brillantes, y aliña con el peine de marfil su cabellera descompuesta por la almohada. El cometa está enamorado. Por eso se levanta muy temprano.

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