Juan el organista by Manuel Gutiérrez Nájera

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EL VALLE de la Rambla, desconocido para muchos geógrafos que no saben de la misa la media, es sin disputa uno de los más fértiles, extensos y risueños en que se puede recrear, esparciéndose y dilatándose, el espíritu. No está muy cerca ni muy lejos: tras esos montes que empinan su cresta azul en lontananza, no distante de los volcanes, cuyas perpetuas nieves muerde el sol al romperlas; allí está. En tiempos tampoco remotos, por ese valle transitaban diariamente diligencias y coches de colleras, carros, caballerías, recuas, arrieros y humildes indios sucios y descalzos. Hoy el ferrocarril, dando cauce distinto al tráfico de mercancías y a la corriente de viajeros, tiene aislado y como sumido el fértil valle. Las poblaciones, antes visitadas por viajantes de todo género y pelaje, están alicaídas, pobretonas, pero aún con humillos y altiveza, como los ricos que vienen a menos. Restos del anterior encumbramiento quedan apenas en las mudas calles, caserones viejísimos y deslavazados, cuyos patios, caballerizas, corrales y demás amplias dependencias indican a las claras que sirvieron en un tiempo de paraderos o mesones.

En los años que corren, el valle de la Rambla no sufre más traqueteo que el de la labranza. Varias haciendas se disputan su posesión: una tira de allá, otra de acullá; ésta se abriga y acurruca al pie del monte; aquélla baja al río en graciosa curva, y todas, desde la cortesana y presuntuosa, que llegada a las puertas de la población quiere entrar, hasta la huraña y eremita que escala el monte con sus casas pardas, buscando la espesura de los cedros, ya en espigas enhiestas, ya en maizales tupidos y ondulantes, en cría robusta o en maderas ricas, pagan tributo opimo cada año. Nada más fértil ni más alegre que ese valle, ora visto cuando comienza a clarear, ora en la siesta o en el solemne instante del crepúsculo. La nieve de los volcanes, como el agua del mar, cambia de tintes según el punto en donde está el sol; ya aparece color de rosa, ya con blancura hiperbórea y deslumbrante, ya violada. Muchas veces las nubes, como el cortinaje cadente de un gran tálamo, impiden ver a la mujer blanca y la montaña que humea. Es necesario que la luz, sirviendo de obediente camarera, descorra el pabellón de húmeda gasa para que veamos a los dos colosos. «La mujer blanca» se ruboriza entonces como recién casada a quien algún importuno sorprende en el lecho. Diríase que con la mórbida rodilla levanta las sábanas y las colchas. No así en las postrimerías de la tarde: la mujer blanca parece a tales horas una estatua yacente:

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